5.29.2019

La muerte de Ivan Ilich

Tolstoi escribió esta novela en 1886, la historia de un hombre que se muere poco a poco y se da cuenta de lo absurda que ha sido su vida, llena de convencionalismos y luchas de poder por alcanzar un mejor puesto de trabajo, embrutecida por un matrimonio sin amor y dos hijos que llegaron porque llegaron. Ilich consigue todos los objetivos que se había propuesto en su juventud y, sin embargo, pronto se da cuenta de que los esfuerzos y sacrificios realizados para conseguir todo eso han sido en vano. Porque se siente vacío, infeliz, frustrado. 

Cuando uno vive de cara a los demás acaba enfrentándose a su muerte vacío y desesperado, nos dice Tolstoi, quien describe magistralmente la angustia que invade al protagonista desde que empieza a rondarle la idea de la muerte (con un pequeño dolor sin importancia)  hasta que agoniza después de un largo y tortuoso sufrimiento. No hay consuelo ni distracción en ese tiempo de espera en el que ella, la muerte, lo invade todo. 

La angustia surge cuando nos detenemos a contemplar lo que somos, lo que hemos construido, y nos damos cuenta de que solo nos hemos preocupado por lo que se espera de nosotros (por el "decoro", palabra en desuso que designa, sin embargo, un concepto muy vigente). 

Si nacemos y morimos solos, será que habremos de cuidar nuestra soledad, no perderla de vista y quizá, así, la muerte no nos resulte tan trágica como a Ivan Ilich. Quizá él, de haberla tenido presente, habría muerto en paz.  

Una novela muy adecuada para la crisis de los cuarenta, de la mediana edad o, en general, cualquier tipo de crisis. 

La muerte de Ivan Ilich, Nórdica Libros, 2019, 160 páginas. 


5.21.2019

La revolución de las flâneuses

Hace poco descubrí el fascinante catálogo de la Editorial Wunderkammer y me decidí a leer este delicioso ensayo, que forma parte de la colección Cahiers: La revolución de las flâneuses, de Anna Maria Iglesia. El libro aborda el tema de la mujer como paseante y ocupante del espacio público, de esa ciudad moderna que se construye mediante la observación, el caminar sin rumbo y el posterior relato de lo vivido. "Caminar es formar parte de ese relato llamado ciudad", apunta Iglesia. 

En el siglo XIX, en una ciudad como París, las mujeres no podían pasear libremente por la ciudad sin que su honra, su dignidad, se pusieran rápidamente en entredicho. Solo las prostitutas ocupaban la calle, aunque ellas, claro está, tampoco eran libres. Caminar sola sin un objetivo, solo por el placer de salir y observar, era entonces impensable. En el siglo XX las cosas no eran muy distintas. El espacio público de las ciudades seguía regido por códigos de conducta muy estrictos para las mujeres, tanto que apenas las dejaban ser sujetos de observación en vez de objetos. Sin embargo, ya se oían voces que reclamaban el derecho de la mujer a poder intervenir en ese espacio público, tomar la palabra para poder pasar de la calle a la tribuna y hacer oír su voz.

Artistas como Mary Cassatt y Edward Hopper o escritoras como Edith Wharton y Virginia Woolf abordaron esta cuestión con el fin de reclamar ese espacio para las mujeres. Woolf explicaba de manera muy explícita que ver a una mujer paseando sola por Londres significaba que esta estaba sexualmente disponible. Solo unas pocas se atrevieron a transgredir los límites sociales, morales y económicos (con consecuencias a veces durísimas, como en el caso de Flora Tristán) para salir a caminar sin rumbo, libres, y construir así su propio relato. 

La revolución de las flâneuses es un ensayo precioso, bien armado y lleno de rigor, cuyas palabras finales constituyen un bello canto a la libertad de pasear y observar el mundo con nuestros propios ojos para luego contarlo: "Necesitamos ser, volver a ser, flâneuses. Debemos seguir siendo paseantes incómodas". Que no se nos olvide nunca.  

La revolución de las flâneuses,     Editorial Wunderkammer, 2019, 160 páginas. 


5.13.2019

Me llamo Lucy Barton

He descubierto por casualidad esta novela de Elizabeth Strout, que publicó en español hace un tiempo Duomo Ediciones. Me ha gustado mucho la voz de la narradora, Lucy, que basándose en sus recuerdos nos narra varios episodios de su vida a partir de una estancia en el hospital. Sola en su habitación, separada de su marido y sus hijas pequeñas, a los que apenas ve, se dedica a contemplar desde la ventana a la gente que pasea por las calles de Nueva York, el edificio Chrysler de enfrente, iluminado de noche. Hasta que llega su madre para quedarse unos días a su lado. Hace años, quizá demasiados, que ambas no se ven. Entonces Lucy, a partir de las conversaciones con ella (febriles, lacónicas, a veces frustrantes), reconstruye sus recuerdos de la infancia, una infancia marcada por la pobreza y la soledad. El mito del paraíso perdido pierde aquí toda su razón de ser. La infancia puede ser un lugar terrible, nos explica la narradora con una lucidez que rechaza recrearse en el dolor a destiempo. 

Me gusta cómo Luce describe sin juzgar a sus padres, una pareja terriblemente cerrada, incapaz de expresar sus sentimientos, acostumbrada a perpetuar la miseria sobrevenida a lo largo de generaciones. También me gusta cómo indaga en sus recuerdos, de una manera incisiva y libre, sin juzgarse tampoco a sí misma. La protagonista intenta ser precisa pero, a la vez, deja un poso de ambigüedad para que el lector imagine lo que queda y lo haga suyo, para participar así en ese proceso de reconstrucción que supone indagar en la memoria de nuestro pasado.  

Todos los escritores tienen una historia, solo una, que cuentan de muchas maneras, dice Lucy Barton. La suya es esa, la historia de esa madre y de esa hija, y de cómo se reencontraron aquellos días en el hospital, y de cómo fueron incapaces de demostrarse la una a la otra a lo largo de sus vidas cuánto se querían. 

Me llamo Lucy Barton, Duomo Ediciones, 2016, 224 páginas.


5.08.2019

Muy lejos de Kensington

Muy lejos de Kensington es quizá la novela más radiante de Muriel Spark, la escritora por excelencia de las fuerzas oscuras. Es un historia clara y optimista, una reflexión en un tono tranquilo y, muchas veces, divertido sobre el uso responsable que cada uno hace de su pasado para poder transitar el presente e iluminar el futuro. Es una novela cuya lectura produce un gran alivio, donde ni siquiera los peores augurios (y la presencia de la muerte) o el cruel castigo del insomnio (contemplado aquí como "esas dulces horas nocturnas que una pasa despierta"), consiguen minar la voluntad de la señora Hawkings.

La protagonista de esta historia narra en primera persona cómo se va desprendiendo, sin prisa pero con determinación, de todas las cargas que la oprimen. Pierde peso, deja de intentar resolver los problemas de todos aquellos que, confiados porque la conocen, le piden ayuda, abandona poco a poco su actitud maternal y usa las huellas del maltrato de su última relación no para que estas ensucien una nueva, sino para establecer en ella unas dinámicas sanas desde el principio. Para que no le vuelva a pasar lo mismo. La señora Hawkings aprende de sus errores, algo que a la mayoría de los mortales nos cuesta mucho. Pero aquí, en este libro, que utiliza en su propio beneficio los recursos de los libros de autoayuda y las novelas de misterio para hacer algo realmente interesante, tenemos un gran ejemplo.

Así, la señora Hawkings se transforma en Nancy sin perder por el camino ni un ápice de su honestidad. Se trata de un personaje tan íntegro y tan agudo que resulta, ciertamente, maravilloso. Esta novela muestra una vez más que Muriel Spark es una escritora muy preocupada por los principios morales que deben guiar la obra literaria, así como por la relación entre la verdad, la mentira y la ficción. Muy lejos de Kensington trata de todo aquello que nos pasa cuando decimos la verdad en voz alta, y de cómo sobrevivir a las consecuencias de esta práctica (a veces muy duras) y lidiar con aquellos que se empeñan en lo contrario, es decir, en ocultar la verdad y guiarse por las mentiras. Todo ello a base de consejos variados y certeros sobre todo tipo de cuestiones vitales. 

Muy lejos de Kensington, La bestia equilátera, 2012, 256 páginas. 


4.30.2019

Una canción de muy lejos


En casa leímos hace poco Una canción de muy lejos, de A.F. Harrold. Antes habíamos leído Los imaginarios, del mismo autor (ambos publicados por Blackie Books), pero creo que este me gusta más. He pensado en las razones de esta preferencia y creo que es porque aquí Harrold deja un poco más difuminado el mundo de fantasía (que en Los imaginarios estaba muy, muy presente) y se centra más en las emociones humanas de los personajes, es decir, en su mundo real. El otro, el fantástico, queda un poco arrinconado en el sótano de la casa de Nick, uno de los chicos protagonistas.

La otra protagonista es Frank, una chica en permanente lucha dialéctica con su estómago. Creo que Harrold ha estado muy acertado con esos diálogos. Todos nos peleamos con nuestro estómago (unos más, otros menos), todos sentimos cómo a veces nos empuja a tomar decisiones basadas en las emociones que se anudan ahí: el miedo, la inseguridad, los celos, el vértigo…Ver a Frank luchar con su estómago nos acerca enseguida a ella. Sabemos cómo se debate por hacer lo correcto, lo justo, desde el momento en que Nick la ayuda contra unos chicos que la acosan. El acoso de esta historia es brutal y descarnado. Las conversaciones, las burlas, el odio, dan miedo. Por eso digo que Harrold, esta vez, se basa en las emociones humanas y el mundo real para tejer un relato espeluznante e incómodo, pero terriblemente necesario para lectores de todas las edades. Creo que esta historia puede ayudar a los niños a tener las cosas más claras ante el acoso porque muestra que todos podemos ser acosados o acosadores, que la línea que separa a ambos es muy fina y, a veces, muy ambigua. Porque a veces el estómago, es decir, el miedo, nos incita a hacer cosas muy feas. Hay que saber verlo venir, estar preparado para cuando nos lance su susurro. Plantarle cara y permanecer en el lado correcto, aunque luego los demás nos den la espalda. Quizá ellos necesiten tiempo para comprender, para lidiar su propia batalla con su propio estómago.

Así, Harrold construye una historia sobre las finas capas que contiene la amistad a través de la relación entre Nick y Frank, sobre la confianza y el respeto a los demás como vía de superación de las propias inseguridades. Es un libro muy bello, con unas ilustraciones preciosas y enigmáticas. Es un libro que puede dar pie a muchas reflexiones, un libro que nos remueve porque todos podemos ponernos en la piel de los protagonistas y recordar cosas que nos pasaron, que quizá aún no tenemos resultas. Un libro que puede ser útil como herramienta para mostrar a los niños, para que ellos hagan suya esta historia. Un libro nada complaciente, y muy agradecido.

Una canción de muy lejos, Blackie Books, 2019, 230 páginas.


4.23.2019

Tres senderos hacia el lago


Ingeborg Bachmann es una de las mejores escritoras en lengua alemana del siglo XX. Conocida sobre todo por su poesía, a mí, sin embargo, su prosa breve y precisa me resulta de lo más sugerente. En Tres senderos hacia el lago, Ingeborg Bachmann mezcla presente y pasado, los recuerdos y los sueños, las conversaciones reales con los anhelos imaginarios, y consigue que todo fluya y encaje, que todo adquiera un sentido que se va revelando poco a poco con emoción, en cada frase, en cada párrafo.
La protagonista es el prototipo de mujer independiente e intelectual, una fotógrafa que viaja mucho, consagrada a su carrera, libre de ataduras, que cada verano vuelve a la casa de su padre, en una ciudad de provincias austríaca. Bachmann nos cuenta, desde el punto de vista de la narradora protagonista, la relación que tiene con su padre, lo mucho que lo quiere y lo lejos que se siente de él. Es una distancia que ella se toma como un precio que hay que pagar por la libertad, por la satisfacción de no tener que dar explicaciones a nadie. Cada mañana intenta salir a pasear para encontrar el lago en el que tantas veces se bañó cuando era niña. Pero la topografía, como un trasunto de la memoria, le juega malas pasadas. Los caminos, como los recuerdos, quizá ya no son tan fiables como parece a primera vista. En esa exploración, entre titubeante y rigurosa, se pasan los días de vacaciones, en los que la narradora siente un extraño desasosiego porque ahí, en la casa de su padre, en su ciudad natal, ya no es la fotógrafa valiente y segura de sí misma que todo su entorno conoce y admira; sus amantes, sus amigos, sus colegas. Aquí es una mujer que ya se va haciendo mayor y no es capaz de encontrar su camino al lago, sus recuerdos de la infancia, la forma de decirle a su padre que lo quiere, que le da pena que se vean tan poco y él se haga mayor y pronto, inevitablemente, se muera y entonces ya no podrán hablar de nada.
Tres senderos hacia el lago refleja la obsesión de Bachmann por plasmar en la escritura la dificultad de las relaciones personales, la búsqueda de un lenguaje válido que, en lengua alemana y después de Auschwitz, renovara la literatura y, sobre todo, plasmara un punto de vista femenino, alejado de los cánones masculinos que imperaban en ese momento. Fue una escritora valiente y honesta, que intentó enfrentarse siempre a sus propios fantasmas, a sus miedos, y murió asfixiada por ellos en la bañera de su casa, demasiado joven.

Tres senderos hacia el lago, Ediciones Siruela, 2011, 168 páginas.



4.15.2019

Aprendiendo a vivir


Clarice Lispector es una de esas escritoras que, cuando se descubre, ya no se olvida. Tiene una voz inconfundible, brillante, sensible y cercana que, para mí, alcanza sus mayores logros en la brevedad. Ella sabe ser concisa e ir directa al corazón del lector para clavarle una agujita de placer. Según confiesa, se guía por la intuición más que por el intelecto y hace gala de una frescura muy trabajada que se descubre en el detalle más aparentemente anodino, en la escena más trivial, en la conversación más inesperada. Cuando ella lo cuenta, todo se vuelve interesante, extraordinario. Los taxistas dan lecciones de moral y teosofía, los hijos dan respuestas que merecen quedar colgadas en las paredes de la cocina, las amigas admiten con franqueza que ahora mismo no les apetece hablar de nada, la lucidez de un instante nos hace ver claramente el vacío que tenemos delante…

Clarice Lispector escribió durante muchos años una serie de crónicas para el Jornal do Brasil que los lectores devoraban fervorosamente, una selección de las cuales apareció con el título Aprendiendo a vivir, publicado por Siruela en castellano con una estupenda traducción de Elena Losada. Es una obra que hay que degustar poco a poco para saborear bien los secretos de cada frase, las múltiples posibilidades de cada escena. Lispector nos habla de la vida cotidiana sin perder de vista en ningún momento las grandes inquietudes humanas y el humor. A veces nos regala frases deliciosas, y no puedo resistirme a mostrar una pequeña selección: «Antes todo era perfecto. Nacer me estropeó la salud», «Soy tan misteriosa que no me entiendo», «La vida es corta pero, si contamos los pedazos muertos, se queda en cortísima».

Aprendiendo a vivir está lleno de perlitas como estas, agujitas breves y certeras que se nos clavan en el corazón y nos hacen adorar a Clarice Lispector. Única e inconfundible.

Clarice Lispector, Aprendiendo a vivir, Ediciones Siruela, 2008, 224 páginas.



4.09.2019

Regalo del mar


Este libro me ha llegado a las manos por sorpresa, en una etapa de mi vida en la que hay muchas cosas que se mueven alrededor y a veces siento que me tambaleo y pierdo el equilibrio, a duras penas consigo no caerme. Leer Regalo del mar, de Anne Morrow, publicado por Circe Ediciones, me ha ayudado a respirar y encontrar un poco de paz en medio de tanto ruido. Me maravilla saber que la autora lo escribió, según sus propias palabras «en una época de atareada vida familiar», cuando sus cinco hijos aún no habían volado del nido. Ella pudo irse de vacaciones durante dos semanas a una casa frente al mar, sola, en una playa recóndita, y allí escribió este libro, que avanzaba a medida que ella salía a recoger conchas en la playa y establecía paralelos entre las formas que observaba y su propia vida. Así, Morrow va apuntando sus reflexiones acerca de la soledad, la relación con los demás, el amor y el matrimonio, la juventud y la edad madura…inspirada por las conchas que recoge durante sus largos paseos frente al mar.

Así, la autora construye un texto en armonía con la naturaleza, con ese mar que tiene tan cerca y que le enseña, poco a poco, tantas cosas. En primer lugar, la incita a desprenderse de las cosas materiales, tantas veces innecesarias, para quedarse más libre. Después, a recordar que los seres humanos somos, en esencia, seres solitarios que a menudo no sabemos escucharnos. Tememos quedarnos a solas con nosotros mismos, con esas voces que resuenan y nos asustan. Sin embargo, si nos atrevemos a concedernos un tiempo en paz y silencio, podremos, dice Morrow «llenar nuestra vasija», es decir, colmarnos, nutrirnos. Solo así podremos entregar algo a los demás, a nuestros seres queridos.

El mar también invita a reflexionar sobre el amor. Qué mejor metáfora que aquel para describir ese sentimiento cambiante, en continua expansión, que debe construir nuevas formas de manera perpetua. Pretender fijar el amor, conservarlo intacto, solo nos puede llevar a la frustración, igual que si quisiéramos detener el mar.

Anne Morrow nos invita a cultivar el aquí y el ahora, mirar al horizonte, respirar y cuidar el presente para así apostar por el futuro. Este libro breve pero tremendamente intenso es, como su nombre indica, un regalo que vale la pena concederse para emprender una reflexión propia, que no tiene por qué ser frente al mar durante unas vacaciones (aunque, ciertamente, sería un escenario ideal para su lectura), simplemente debemos estar dispuestos a mirar en nuestro interior y dejar fluir lo que hay dentro.

Una joyita llena de sensibilidad y lucidez que se recibe, inevitablemente, con una sonrisa de agradecimiento.

Anne Morrow Lindbergh, Regalo del mar, Circe Ediciones, Barcelona, 1994, 165 páginas.



4.03.2019

Cómo piensan los escritores


Se ha escrito tanto sobre la escritura...Y cuanto más leemos y escribimos al respecto, más claro tenemos que es una tarea llena de secretos y verdades inexplicables. Tal vez por eso resulte tan atrayente. Cómo piensan los escritores, de Richard Cohen, publicado por Blackie Books, no es un manual de instrucciones para escribir (¡Dios nos libre!), sino más bien una recopilación de anécdotas de escritores sobre las vicisitudes de su oficio.  También vemos aparecer de refilón a editores, críticos, lectores…Entre todos tratan varios aspectos clave sobre forma y fondo en narrativa (los inicios de un texto, la caracterización de los personajes, el ritmo, el final) desde distintos puntos de vista que acaban conformando un modelo poliédrico sobre las glorias y miserias de un oficio sin parangón.

A veces, la profesionalidad se torna obsesión y servidumbre, porque el escritor está constantemente escribiendo, aunque sea con el pensamiento. Observa y desmenuza el mundo para luego sentarse a escribir y llenar la hoja en blanco. Las palabras de la gran Clarice Linspector quizá no sean las más alegres para referirse a esta cuestión, pero a mí me encantan, y creo que reflejan muy bien lo que muchos escritores piensan con mayor o menor asiduidad: «Siento que ya casi he alcanzado la libertad, hasta el punto de no necesitar escribir ya más. Si pudiera, dejaba mi lugar en esta página en blanco, llena del mayor silencio. Y que cada uno mirara el espacio en blanco y lo llenara con sus propios deseos».

Un sueño cuyos confines siempre bordea el escritor y que pueden empujarlo hacia el precipicio. Richard Cohen, sin embargo, se decanta por el humor como un ameno hilo que trenza la serie de anécdotas e impresiones cotidianas sobre los escritores y sus obras. Una lectura agradable que siempre puede provocarnos la urgencia de leer (o releer) algún clásico olvidado en los rincones de la estantería.



Richard Cohen, Cómo piensan los escritores, Blackie Books, 2018, 336 páginas.

3.26.2019

Vida literaria de Carmen Laforet


Leyendo esta Vida literaria de Carmen Laforet, a cargo de Teresa Rosenvinge y Benjamín Prado y publicada en 2004 por Ediciones Omega, he recordado cuánto me gustó Nada cuando lo leí en el instituto. Por entonces, era lectura obligatoria. Luego olvidé a la autora durante muchos, muchos años hasta que me topé con las cartas que se escribieron Elena Fortún y ella hasta la muerte de esta última, en 1952. Allí descubrí una voz muy nítida en su confusión, amarga pero bien modulada, con una querencia por la sencillez y la humildad que la hacía irresistible.
En esta Vida literaria, la voz de Carmen Laforet vuelve a sonar por encima de sus novelas, más allá de Nada y del Premio Nadal que recibió cuando apenas tenía veintitrés años, y que la catapultó a un éxito que fue luz y sombra al mismo tiempo, porque en él se sintió incómoda toda su vida.
La obra de Rosenvinge y Prado incluye un estudio biográfico, un repaso a su bibliografía y una interesante selección de textos (fragmentos de novelas, cuentos, artículos). Me han gustado especialmente los relatos y los artículos porque muestran muy bien el alcance y la transparencia de esta autora que nunca soportó sentirse constreñida y acatar la voluntad de los demás. Ella siempre se movió por instinto, por intuiciones. Se pasó la vida ansiando la soledad para poder escribir pero, cuando por fin la obtuvo (fue al separarse de su marido después de más de veinte años de matrimonio y cinco hijos, ya mayores, en común), escribir empezó a resultarle cada vez más difícil. En realidad, el oficio de escritora reconocida y profesional siempre le había resultado una carga. En esa época, Carmen Laforet empezó a publicar artículos en varios diarios que, aunque posiblemente fueron escritos por motivos económicos, son una delicia para el lector porque parece como si pudiéramos acariciarle las mejillas, unas mejillas que adivinamos tersas y suaves, adornadas por una leve sonrisa burlona.
La figura de Laforet sigue resultando fascinante hoy en día por su determinación, su honestidad, su desprecio de las cosas mundanas y los elogios engañosos. Sus cuentos y novelas son piezas que conforman de un modo preciso la época en que vivió, la terrible posguerra española; las relaciones humanas en el clima de miedo de la dictadura; las ansias por volar un poco más allá de la mediocridad que se respiraba en esa época. La literatura de Carmen Laforet permanece vigente y la voz de sus cartas y artículos resulta extrañamente fresca, como si aún pudiéramos alargar la mano y acariciarle las mejillas.

Teresa Rosenvinge y Benjamín Prado, Carmen Laforet, serie Vidas literarias, Ediciones Omega, 2004, 520 páginas.


3.20.2019

Abuelas, madres, hijas


Abuelas, madre, hijas, publicado por Icaria Editorial en 2015, recoge testimonios de mujeres cuyo valor principal es, para mí, la invitación que hacen a reflexionar de un modo honesto e individual sobre la condición femenina. Pensar aquello que nos gusta, lo que nos preocupa, cómo afrontamos el paso del tiempo, el envejecimiento, el sexo, la maternidad. Hay tantos caminos que se abren, prometedores, a partir de la lectura atenta de este libro…

Todos los testimonios, recogidos por Anna Freixas Farré, destacan la importancia del cuidado de las mujeres. Cuidar de nosotras mismas igual que cuidamos de los demás (niños, mayores, parejas…). Cuidar nuestras relaciones con otras mujeres porque estas nos allanan el camino y nos acompañan. Cuidar y querer nuestro cuerpo. Cuidar nuestro espíritu, dar respuesta a nuestras inquietudes. Cuidar nuestro trabajo, todo el trabajo que realizamos aunque a menudo no esté reconocido públicamente ni retribuido con un salario.

Es importante asumir la dependencia natural de los seres humanos y no fiarse de ese ideal de libertad autosuficiente que puede resultar engañoso. Pero en esa dependencia, esa interrelación que tejemos y cultivamos, hay que buscar un espacio propio, con proyectos que nos hagan crecer. Nutrirnos a nosotras para nutrir a los demás. Reconocer y trabajar las tensiones que resultan de la contradicción del sistema en el que estamos inmersos, y que solo reconoce el trabajo remunerado pero se basa en el trabajo de los cuidados no remunerados, que es el que cría seres felices y sigue recayendo, a día de hoy y de forma mayoritaria, en las mujeres.

De todo eso y más habla este libro, estas voces serenas de mujeres sabias. Ni que decir tiene que me ha encantado y me ha inspirado muchísimo.

Abuelas, madres, hijas. La transmisión sociocultural del arte de envejecer
Icaria Editorial, 2015, 143 páginas.



3.12.2019

La maldición de Hill House


La maldición de Hill House, traducida al español y publicada por Valdemar Ediciones, es una novela poco conocida de Jackson, quizá porque está encasillada en el género de terror o novela gótica y eso es algo que siempre limita un texto. Sin embargo, para mí es mucho más que eso, y me da rabia que el encasillamiento en un género considerado menor o periférico suponga dotar al libro de una serie de prejuicios de los que tan difícil es librarse.
En La maldición de Hill House, Shirley Jackson nos presenta a una mujer, Eleanor, que se ha pasado la vida cuidando a su madre, encerrada. Cuando la anciana muere, ella decide aceptar un trabajo que un desconocido le ofrece en Hill House, una mansión a las afueras de un pequeño pueblo a la que nadie se atreve a acercarse de noche.
Allí, Eleanor empieza a compartir su día a día con el doctor Montague, que estudia las perturbaciones psíquicas que suelen producirse en las casas encantadas; el joven heredero Luke y la simpática Theodora. Para ella, este nuevo escenario constituye la primera ocasión de su vida de ser independiente, de ser ella misma, lejos de su familia. Quiere volver a empezar y sueña con librarse del pasado, pero el pasado la visita constantemente en esa casa encantada. Le recuerda que siempre ha estado sometida a su madre, se burla de ella cuando pretende integrarse en el grupo y conseguir que la respeten y la escuchen. Es demoledor ver cómo el grupo la va dejando de lado y tachando de loca a medida que avanza el relato… ¿Quién no se ha sentido alguna vez así?
Jackson traza con maestría la finísima línea entre el horror interno y el externo. ¿Dónde empieza y termina cada uno? ¿Hasta qué punto somos responsables de los fantasmas que nos asustan? ¿Por qué no podemos huir del pasado? El relato nos muestra de forma devastadora lo dañinos que pueden llegar a ser nuestros miedos, y cómo los demás pueden aprovecharse de ellos. La tensión está servida en esta lectura perturbadora, como todas las de Shirley Jackson, una autora extraordinaria a quien no me canso de leer.

Shirley Jackson, La maldición de Hill House, Valdemar Ediciones, 2008, 256 páginas.



3.01.2019

De corazón y alma


En las cartas que es escribieron Elena Fortún y Carmen Laforet entre 1947 y 1952, ambas escritoras dejaron reflejadas muchas cosas de sí mismas, tanto por lo que se decían como por lo que no se decían y quedaba flotando en el aire. Mejor no expresarlo abiertamente porque en la España de aquella época, como dice Fortún, lo que no era ilegal era pecado. 

Cuando empiezan a escribirse, Carmen Laforet ya ha ganado el Premio Nadal y es una escritora reconocida pero tremendamente insegura, incómoda y perdida dentro de la sociedad que frecuenta, su familia, sus lectores.  Todo lo que escribe le parece aburrido e inútil. Siente que el precario equilibrio que debe buscar constantemente para conciliar la escritura con la familia es una carga muy pesada y, al mismo tiempo, sabe que escribir, aunque la angustie, la libera. 

Elena Fortún la comprende y le da ánimos desde su propia amargura. Se encuentra vieja y sola y, de hecho, morirá en 1952 tras una durísima enfermedad. Ha pasado por el exilio, la muerte de varios hijos, un matrimonio infeliz que acabó con el suicidio de su marido... A pesar del sufrimiento sus cartas, pulcras y cuidadas, reflejan muy bien su voluntad de seguir adelante. 

Carmen Laforet ha aprendido a podarse, como ella dice, a contenerse para acabar escapando por arriba. Esta visión influye mucho en su conversión final al catolicismo. Elena, Fortún, por su parte, admite que nunca ha sabido podarse y algunas de sus ramas han dado frutos venenosos que ha pagado muy caros. 

Cúanto amor, cuánta admiración desprenden estas cartas de dos mujeres que apenas se vieron en vida y, sin embargo, se sintieron muy cercanas desde el primer momento y fueron capaces de establecer una intimidad tan llena de emoción que hoy día nos resulta sorprendente, en tanto en cuanto las cartas, por desgracia, son una forma de comunicación que ha caído en desuso. Pero sí, a veces pasa que conocemos a alguien y al instante sabemos que podríamos contarle cualquier cosa. Esa magia que se pasea por todo el epistolario nace de la literatura, de la obra que estas mujeres nos dejaron y a través de la cual pudieron establecer un vínculo tan íntimo. 

Carmen Laforet y Elena Fortún, De corazón y alma (1947-1952), Fundación Banco Santander, 2016, 144 páginas. 




2.26.2019

Shirley Jackson


Shirley Jackson (I)

Hace poco leí We have always lived in the castle, de Shirley Jackson, que publicó en español Minúscula el pasado año, y me gustó tanto, y me perturbó de tal manera la voz de Merrycat Blackwood, su narradora y protagonista, que decidí indagar en la obra completa de esta escritora hasta hace poco desconocida para mí. Ahora estoy inmersa en sus relatos y novelas, y me apetece ir profundizando poco a poco en ellos, y escribir despacio, a medida que vaya reflexionando sobre las impresiones que me producen. También, a la par, estoy indagando en la vida de Jackson, y cuanto más sé de ella, más admiro lo que escribió.

Podemos situar el grueso de la obra de Shirley Jackson en los años 50 y 60, la época de la Guerra Fría, el macartismo, la caza de brujas… Las mujeres se vieron obligadas a cumplir el sueño americano en sus casas de los suburbios mediante el desempeño de un papel muy rígido de amas de casa, esposas y madres. No estaban autorizadas a realizarse de otro modo. En su narrativa, Jackson retrató la otra cara de estas mujeres, que ella conocía de primera mano: la ansiedad y la frustración provocadas por el sometimiento a un modelo social injusto y desigual.

Entonces se hizo bruja. Y escritora. Así lo proclamaba a los cuatro vientos a todo el que quisiera escucharla. Pero nadie terminaba de creérselo. Como cuando acudió al hospital porque estaba de parto de su tercer o cuarto hijo y la enfermera, al tomarle los datos, le dijo: “He puesto ama de casa” después de haberle preguntado por su profesión.

Shirley Jackson vivió una vida enjaulada. Primero, en las expectativas de su madre. Luego, cuando parecía que iba a distanciarse de ella, cayó en las de su marido, Stanley Edgar Hyman, que ejerció sobre ella un terrible control durante toda su vida. Así, Jackson no pudo escapar de su vida de suburbio, ni de sus férreos deberes de esposa y madre, ni de sus adicciones. Solo al escribir podía liberarse, escupir un poco de aquel veneno que digería lenta y constantemente y que acabaría por matarla a los cuarenta y ocho años. Escribió muchísimo y tuvo tiempo de dejarnos una obra prolífica, excelente y reveladora que aún estoy descubriendo y sobre la que quiero hablar poco a poco. Ha permanecido tantos años en el olvido y el desprecio que vale la pena desempolvar ahora con cuidado. Las traducciones de Editorial Minúscula (Siempre hemos vivido en el castillo, Deja que te cuente, Cuentos escogidos) o Nórdica (La lotería) son, en este sentido, tremendamente oportunas, así como el trabajo de varios críticos y escritores (Ruth Franklin o Joyce Carol Oates entre ellos) que llevan años reivindicando su figura, tradicionalmente considerada menor.  

Celebremos esta oportunidad. Disfrutemos de Shirley Jackson.

We have always lived in the castle, Viking Press, 1962, 214 páginas.
Siempre hemos vivido en el castillo, Editorial Minúscula, 2012, 204 páginas.



2.20.2019

Nana de tela


Hace un par de años leí por primera vez Nana de tela. La vida tejida de Louise Bourgeois, escrita por Amy Novesky e ilustrada por la gran Isabelle Arsenault. Fue un regalo de mi suegra a mi hija pero, aunque está publicado por Pequeña Impedimenta, el sello infantil de la Editorial Impedimenta, yo creo que es un libro para adultos. Novesky y Arsenault recrean, a través de la figura tan maravillosa de la escultora Louise Bourgeois, un universo tejido por la nostalgia y la necesidad de reparar lo que la vida y el tiempo nos han roto.
Es un libro triste, para leer en soledad y despacio, mezclando los recuerdos de nuestra infancia con la lectura, dejando que nos envuelvan las voces de aquellos que ya no están, o que no están de la misma manera. Así, poco a poco, podremos ir tejiendo también la historia de nuestras pérdidas y repararla gracias a las palabras, a nuestra voluntad, al arte que se esconde en cada gesto y cada tarea de nuestra cotidianidad.
Maravilloso libro que no conviene olvidar en el marasmo de publicaciones actuales.

Nana de tela. La vida tejida de Louise Bourgeois, Pequeña Impedimenta, 2016, 40 páginas.

2.16.2019

La chaise-longue victoriana


Publicada por primera vez en 1953, La chaise-longue victoriana es una novela corta de Marghanita Laski; en mi opinión, la mejor que escribió. Aunque aquí su nombre no resulta apenas conocido, en Reino Unido fue una escritora e intelectual reconocida gracias, sobre todo, a su trabajo como periodista y crítica literaria. 

Cuando leí por primera vez esta novela me quedé maravillada por la habilidad con que está escrita. Tiene el ritmo preciso, los diálogos ajustados, el manejo del tiempo más adecuado…Es una novela compacta, que cae como una bofetada y provoca un terror sutil que va creciendo a medida que avanza la historia, implacable. Todo un ejemplo de dominio de la escritura.

Conocemos a la heroína en la primera frase, cuando exige al doctor que la atiende que le asegure que no va a morir. Melanie Langdon se nos aparece como una joven bella y mimada, madre reciente y enamorada esposa, que convalece en su casa londinense de una tuberculosis.  Tiene a su disposición un marido que la adora, una enfermera atenta y todas las comodidades que pueda desear. Sin embargo, esta primera escena ya presenta detalles aciagos. Todo está demasiado bien, todo resulta demasiado bonito, como lleno de sonrisas congeladas y falsas. Por ejemplo, el doctor, mientras habla con ella, piensa que es una criatura puramente femenina, que se convierte en todo aquello que su hombre desea. Otro ejemplo reside en el hecho de que a Melanie no la dejan ver a su hijo por miedo al contagio de tuberculosis. Cuando esta protesta y expresa su deseo de estar con el bebé, porque teme que ya sea tarde para establecer el vínculo materno filial, todos suspiran a su alrededor y ponen los ojos en blanco. La tachan de intensa, de impaciente…Los nervios no son buenos para su enfermedad, repiten benévolos, sacudiendo la cabeza. Esta escena, preludio de la trama propiamente dicha, resulta ya terrorífica por el modo en que todos los personajes (el doctor, el marido, la enfermera) infantilizan a la protagonista.

Cuando esta ya se encuentra mejor, la trasladan a una chaise-longue que ella misma adquirió en una tienda de antigüedades. La enfermera la obliga a echar una siesta y, al despertar, comienza la pesadilla: está encerrada en el cuerpo de otra mujer de la época victoriana, Milly. La infantilización continúa y se vuelve cada vez más oscura, más brutal. Melanie, en su nuevo entorno, se convierte en una mujer que no sabe lo que quiere. Se siente tan indefensa y culpable que llega a pensar que el placer sexual es diabólico, y su castigo por disfrutar de él se ha consumado en forma de encierro en otro cuerpo, en una casa terrible de una época ajena. En el cuerpo de otra mujer a la que, como ella, nadie deja levantarse y todos piden que se calme. Pero aquí, en esta época victoriana, la benevolencia pierde su lado amable, ya no hay sonrisas falsas sino desprecio, acritud, odio.

Melanie y Milly se acaban fundiendo en una misma víctima postrada y ninguneada: la loca de la casa. Encontramos, pues, en La chaise-longue victoriana, una nueva personificación de esta categoría en la caben, asimismo, la Antoinette de Ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys, o la Berta Mason de Jane Eyre, de Charlotte Bronte. Es fácil imaginar su destino común: ya se sabe que no hay piedad para la loca de la casa.

The Victorian Chaise-Longue, Persephone Books, 1999, 120 páginas.
La chaise-longue victoriana, Automática editorial, 2012, 144 páginas.





2.14.2019

Chilean Electric

En un ratito me he leído este Chilean Electric de Nona Fernández, publicado por Editorial Minúscula. Es un relato bien construido, conducido por la luz de su familia, su país, su adolescencia. La luz como hilo conductor, la luz que ilumina la escritura y despeja las sombras llenas de cadáveres, asesinatos, silencios en los que se hundieron las palabras. 

Me gusta mucho cómo trenza Nona Fernández este relato tan corto como intenso. Nunca la había leído, pero sí que he conocido gente de su generación, que creció con los toques de queda, las desapariciones, el terror del régimen de Pinochet. Chilean Electric refleja muy bien el sentimiento de orfandad e impotencia que embarga a todos esos niños que crecieron en el Chile de los años ochenta sin comprender muy bien qué pasaba a su alrededor, por qué los adultos muchas veces no contestaban sus preguntas y no querían ni oír cómo ellos las formulaban. 

Ahora, en estos momentos, me gustaría tener aquí, a mi lado, una luciérnaga que me iluminara un poco el camino. Yo sí que las veía de pequeña, en el pueblo de mi padre aún había, y por la noche, antes de acostarme, podía contemplarlas bajo el cielo estrellado. Era como velitas que arrojaban tenues destellos de emoción. 

Chilean Electric, Editorial Minúscula, 2018, 100 páginas. 

2.12.2019

Primera persona


Descubrí a Margarita García Robayo hace poco, gracias a Editorial Tránsito. Me gustó muchísimo su novela Lo que no aprendí y, cuando por fin se publicó Primera persona, corrí a comprarlo a la librería porque tenía ganas de reencontrarme con el ambiente caribeño, familiar, asfixiante, ambiguo y traicionero que tan bien se refleja en la novela, y esa voz narrativa que se alza en medio de todos esos sofocos de forma clara, segura, a veces rabiosa, firme en todo caso. En Primera persona he encontrado esa voz multiplicada, como el ambiente, porque aquí la autora ya no solo recurre al entorno en que creció, la ciudad colombiana de Cartagena, sino también otras ciudades que visita, y especialmente la que habita, Buenos Aires. Esta multiplicidad de ambientes descritos, la mayoría latinoamericanos, aporta una riqueza sutil a los relatos que conforman este libro. La voz también es múltiple porque da saltos temporales y nos lleva de la infancia a la madurez, luego a la adolescencia, luego a la juventud. Se nos acerca al oído y susurra, pregunta, a veces responde, otras veces renuncia a las respuestas, pero nunca deja de indagar.

Me han gustado especialmente dos relatos de Primera persona por la profundidad de sus reflexiones, por todo lo que han evocado en mí mientras los leía. La memoria aparece aquí como réplica, como hilo para enhebrar la aguja del diálogo entre narrador y lector.

“Historia general de tu vida” engarza recuerdos con impresiones fugaces, sensaciones como destellos. Así, el enojo es “un cuerpo compacto que se ha instalado en la boca de tu estómago y pide salir”. Pasan de largo maridos, hijos y suegras, espejos y cacas de perro, el árbol de guayaba del que cae la narradora y la mamá diciéndole que no era su hija, sino un tumor que finalmente había conseguido expulsar. La narradora hila escenas vívidas, diálogos apenas esbozados, como en una película muy rápida que ve pasar ante ella, la de su vida, y solo se detiene en aquellos momentos que se aferran a su memoria, que por alguna razón no quieren escapar tan rápido. La acompañamos en ese recorrido intenso, veloz, para evocar con ella nuestros propios enojos, el miedo que sentimos aquel día al salir de casa, la vez que nuestro hijo se quedó aterrado al ver al Hombre Araña, o la constatación de que nuestra individualidad tan solo está hecha de “pequeños secretos de uno mismo”. Nada más que eso. Y nada menos.

En “Mi debilidad (apuntes desordenados sobre la condición femenina)”, Margarita García Robayo escribe acerca de la conciencia de la vulnerabilidad que las mujeres solemos adquirir a una temprana edad, cuando aún no podemos definirla pero sí sentirla. Desde ese momento, esa conciencia actúa como una alarma que nos persigue constantemente, y ante la cual podemos distraernos solo por un tiempo, pero “siempre vuelve palpitante y dolorosa”. Esa conciencia nos recuerda que ser mujer significa andar con cuidado, alerta, porque nunca se sabe. Somos débiles y tenemos que cuidarnos de un peligro que acecha, que no se nombra pero del que hay que aprender a huir.

Esa debilidad de las mujeres, esa lacra impuesta desde la infancia, conlleva una eterna e interna lucha llena de contradicciones al tratar de distinguir la naturaleza de nuestro género de las imposiciones culturales. Intentar reconciliar ambas partes para reconocernos es una tarea monumental, yo diría que imposible. A medida que nos adentramos en la madurez, resulta más difícil separar ambas cosas. Por ejemplo, cuando nos enfrentamos al llamado instinto maternal. Al concebir la crianza de nuestros hijos ¿qué nos viene en el ADN y qué es fruto de capas y capas de modelos maternales determinados por la historia y la costumbre? ¿Y al decidir si queremos o no ser madres? Esta dicotomía es algo que surge en mi vida cotidiana constantemente en forma de preguntas, de dudas, de sentimientos encontrados, a la hora de relacionarme con mi familia, con mis padres, con mi pareja, con mis hijos. “Déjate llevar por tu instinto”, me decían las matronas cuando tuve a mi primera hija. Yo las miraba sin atreverme a preguntar a qué se referían, dónde quedaba el instinto a estas alturas de civilización.
Y es que, como muy bien apunta Margarita García Robayo, quien más, quien menos, la mayoría de mujeres acabamos convirtiéndonos en algo parecido a lo que nuestras familias esperaban de nosotras. La mayoría acabamos emparejadas, con hijos, entregando mucho, quizá demasiado, en una vida convencional, por mucho que esta palabra nos incomode porque nos recuerda lo que aborrecemos, lo que un día negamos que reproduciríamos. Por ello, el día a día de muchas mujeres, y con este la percepción de nuestra identidad, se construye a base de contradicciones, a base de caminar por un sendero muy estrecho. Avanzamos entre lo que deseamos ser y lo que acabamos siendo realmente, que a veces es solo lo que nos dejan ser. Y ahí, cada quien se las compone como puede para que los gritos de la conciencia no retumben demasiado y podamos dormir lo bastante tranquilas sin oírlos, a modo de alarma, sonando a cada momento.


Primera persona, Editorial Tránsito, 2019, 209 páginas.
Lo que no aprendí, Malpaso editorial, 2014, 182 páginas.



2.08.2019

Recobrar la voz

Quizá alguien se pregunte alguna vez (o yo misma, dentro de unos años, cuando mezcle etapas de mi vida y confunda intervalos de tiempo) qué ha pasado en estos casi siete años, por qué no he escrito nada y por qué he vuelto ahora. 

La respuesta es que he tenido dos hijos, que ya tienen siete y seis. Eso hizo que perdiera mi voz narrativa y, hace un par de años, empecé a ejercitarla de nuevo, a modularla poco a poco, a ratos, paradójicamente a través de la poesía, que nunca había escrito hasta entonces. Comencé a escribir poemas una tarde de verano con los niños, para matar el tiempo y el calor, y de pronto sentí una enorme furia que ya no recordaba, unas ganas terribles de ponerme a escribir de nuevo, de emitir otra vez una voz literaria. Una voz nueva, porque yo ya era una persona distinta. En ese proceso de búsqueda me encuentro todavía. Creo que estos siete años de silencio me han dado soltura y experiencia. Antes escribía de forma más contenida, me imponía restricciones que ahora me parecen un tanto bobas. Ahora no me importa mostrar mi intimidad, de hecho, busco mi intimidad como parte fundamental de mi voz. Eso es algo que me ha costado entender y aceptar. 

Antes creía que viajar, salir fuera, lejos, conocer lugares y gente nueva era la mejor manera de aprender. Ahora sé que también es posible hacerlo sin  alir de casa, hurgando en lo propio, desmenuzando el ámbito doméstico. Es quizá también el modo de aprendizaje más duro, casi asfixiante por momentos. Pero ayuda a crecer. 

Estoy contenta de haber vuelto. Quién mejor que yo misma para recibirme como me merezco y darme la bienvenida. Seguramente las reseñas, a partir de ahora, ya no serán lo que fueron. Serán otra cosa, estarán escritas desde otras perspectivas. Pero aquí sigo, encantada de explorar nuevos rincones literarios, cargada de energía para que mi voz recobrada se oiga, no importa dónde llegue. 

2.07.2019

La memoria del aire



Casi todas las mujeres hemos sufrido, en algún momento de nuestra vida, en alguna relación de pareja, algún tipo de violencia. Son muy pocas las que se libran. A la mayoría nos han dicho, de uno u otro modo, que la culpa de esa violencia ejercida sobre nosotras es nuestra.

Muchas hemos fantaseado con salvar a algún hombre alguna vez. No conozco a ninguna que lo haya conseguido. Muchas hemos pensado: "Pobre". Muchas hemos perdonado cosas que no queremos contar, que desearíamos olvidar, enterrar para siempre, pero no podemos. Esos recuerdos están en la memoria del aire y vuelven de vez en cuando, o a menudo, para atormentarnos y avergonzarnos.

Leer La mémoire de l'air de Éditions Gallimard http://www.gallimard.fr/ , recientemente traducida y publicada en castellano por Tránsito Editorial http://www.editorialtransito.com/como La memoria del aire, es una manera valiente de enfrentarse a esas sombras, a esa violencia que nunca olvidamos por mucho que nos esforcemos. Siempre quedan huellas presentes de uno u otro modo, silencios que se desvelan por sorpresa, miedos delatores, distancias terribles.

Libros como este son necesarios y nos ofrecen una lectura personal, única, que debemos aprovechar. Me alegra mucho que Caroline Lamarche, cuyo El día del perro traduje hace tantos años, vuelva a publicarse en español. Me alegra que sea precisamente este libro. En él, Lamarche analiza con frialdad y acierto los sentimientos, las contradicciones que surgen ante la violencia, así como esa voluntad de agradar que las mujeres podemos llevar hasta límites aterradores.

La memoria del aire
Editorial Tránsito, 2018, 108 páginas.