viernes, octubre 02, 2009
Rara avis, retablo de imposturas
Editorial Montesinos
Precio: 19€
ISBN: 978-84-92616-35-0
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blanca gago domínguez
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miércoles, enero 23, 2008
El lector
La perspectiva desde la que se sitúa el narrador-protagonista y la voz sincera que adopta para avanzar con paso firme desde el principio llenan la historia. No hace falta nada más, sólo su voz. Esa mezcla de desapego, culpabilidad y rabia, amor y rencor volubles con que inevitablemente se recuerdan las relaciones pasadas, quiero decir aquellas realmente importantes, es lo mejor de esta novela. Quizá, así dicho, no parezca algo demasiado atractivo ni original, pero Schlink tampoco aspira a ello, y se nota. Sabe lo que quiere contar y cómo; a eso se ciñe, y nosotros se lo agradecemos.
Las evocaciones de Michael Berg son maravillosas. Me gusta especialmente el modo en que habla de sí mismo, sin intentar justificarse, sin vanagloria ni falsa modestia, con la intención de hacer llegar su voz al lector y ser comprendido por él. Explicar, por ejemplo, por qué a lo largo de su vida muchas veces ha hecho cosas que era incapaz de decidirse a hacer, y en cambio ha dejado de hacer otras que había decidido firmemente. En medio de esta reflexión empieza su relación con Hanna. Berg admite lo difícil que le resulta analizar sus recuerdos y explicarlos objetivamente. Si algo que vivimos fue hermoso, ¿por qué, cuando miramos atrás, se nos vuelve quebradizo si sabemos que ocultaba verdades amargas? Es algo que me he preguntado muchas veces. Resulta tan fácil contaminar los recuerdos por lo que sentimos después, por lo que pasó más tarde. Quizá se trata simplemente de una manera de sobrevivir mejor al dolor que producen. Quizá también es un acuerdo tácito con nosotros mismos para poder arrinconarlos mejor, para conseguir que se vuelvan un poco borrosos, aunque sepamos que nunca podremos desterrarlos. Aquello que somos, al fin y al cabo, depende de ellos.
La noción de culpa desempeña un papel central y estructural en esta novela, en todas sus vertientes. El análisis de los matices de este sentimiento tan complejo es fascinante. La culpa frente a la persona amada, los amigos, la familia, la sociedad. La culpa frente al otro y sus consecuencias: la humillación, el arrepentimiento, la obcecación del deber cumplido. Schlink va desbrozando poco a poco, con una calma implacable, el decurso y la evolución de la culpa en la historia de Hanna y Michael:
“Nunca más me dejaría humillar ni humillaría a nadie; nunca más haría sentirse culpable a nadie ni cargaría yo con las culpas; nunca más amaría tanto a una persona como para que me hiciera daño perderla”.
Así piensa el adolescente, pero sólo el adulto, muchos años después, es capaz de reconocerlo y escribirlo. El tiempo es, en definitiva, lo que permite contar la historia y comprender, o al menos tratar de aceptar, los acontecimientos dolorosos, la traición y el abandono, el cierre de las heridas. La escritura de la historia desde la añoranza que siente el protagonista, admitiendo todo lo que ésta implica pero sin dejarse cegar por ella, resulta admirable en la novela de Schlink. Creo que es, precisamente, lo que le da ese tono conmovedor que nunca, en ningún momento, se acerca siquiera a la banalidad o el sentimentalismo, ni se permite cargar con la farragosa trascendencia. Tampoco roza el falso distanciamiento o la ironía como arma aligeradora. Es decir, Berg no intenta fanfarronear, ni hacerse el fuerte; la humildad con que acepta sus contradicciones más íntimas resulta casi terrible por su naturalidad.
El tratamiento del trasfondo histórico resulta, a su vez, muy interesante. Schlink pertenece a la primera generación nacida después de la segunda guerra mundial, lo cual significó cargar con la culpa y la vergüenza de un país, de unos padres que, quieran o no, responden frente a sus hijos y frente al mundo de unas atrocidades terrible de las que, durante mucho tiempo, prefirieron no hablar. Oír la voz de esta generación a través de Schlink, plantearse las preguntas que todos ellos se plantearon, muchas de las cuales simplemente no tienen respuesta, es muy importante. Aunque sepamos que nadie va a ser capaz de responder, es bueno plantearlas. Y es necesario porque representa la única manera de convivir con un pasado cuya presencia, aunque no deseemos, siempre sentimos. Esa presencia fue, sin duda, la que llevó a Schlink a escribir El lector, y a nosotros, lectores, también culpables y dubitativos, a re-crear con él esta maravillosa novela.
El lector
Bernhard Schlink
Editorial Anagrama, Barcelona, 2007, 203 páginas.
Traducción de Joan Parra Contreras.
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miércoles, enero 23, 2008
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lunes, enero 14, 2008
Historias del Padre Brown
En todo caso, los halagos de Borges a la literatura inglesa, y a Chesterton como uno de sus grandes representantes, hicieron que me acercara con curiosidad, hace ya unos años, a una novela con uno de los títulos más atrayentes que ahora mismo recuerdo: El hombre que fue jueves. Qué maravilloso, dan ganas de devorar el libro, pensé cuando lo tuve delante. Lo leí como en sueños, de manera compulsiva, y me encantó. Ahora que lo pienso, lo leí como solía leer a Borges: mediante ese pacto tácito que hacemos siempre al comenzar un texto suyo y que nos lleva a replantearnos todo cuanto nos rodea, sufrir una tremenda sacudida existencial y volver a mirarnos con los ojos escocidos de lucidez.
En cambio, estas Historias del Padre Brown, que otorgaron a Chesterton el favor del gran público, son muy distintas de la prosa onírica y transgresora de El hombre que fue jueves. Son relatos de misterio, con una estructura clásica en la que se plantea una incógnita, se barajan una serie de elementos y, mediante un ejercicio de ingenio deductivo realizado por el querido Padre Brown, se desvela el enigma. Todo resulta muy inglés: los escenarios, las descripciones, los personajes, los diálogos, el humor. Esto último es de gran importancia, ya que si no fuera por la maestría humorística con que Chesterton escribe sus historias, quizá el Padre Brown y sus crímenes habrían pasado sin pena ni gloria por la historia de la literatura. Estoy convencida de que son esos discretos pero firmes rasgos de ironía, casi imperceptibles y sin embargo continuamente presentes, los que nos hacen caer rendidos ante estas sencillas e ingenuas historias nada más conocer a su protagonista.
El Padre Brown es el anti-detective por excelencia. Es inocente, piadoso, pequeñito y despistado. Suele mirar a sus semejantes desde abajo y con los ojos muy abiertos. Habla poco pero cuando se decide, hace callar a los demás. Es imposible no sentir hacia este gran personaje una mezcla de cariño, simpatía y admiración. El resto de los elementos narrativos, en realidad, se mantienen en un segundo plano y resultan a veces algo indiferentes. En varios relatos, como “El hombre invisible” (uno de mis favoritos, quizá porque me recuerda el fascinante terror que me producía el personaje cuando era niña), la historia es bastante inverosímil y se desvela con demasiada rapidez. Es decir, no son relatos profundamente construidos, detallistas, rocambolescos o ingeniosos, pero la verdad es que da igual. Lo importante es que pase por allí el Padre Brown (siempre aparece, claro está, por casualidad, y nadie lo ve como a un detective sino como a un curita medio bobo, medio raro) y se quede a resolver el enigma.
Chesterton juega con los múltiples puntos de vista que siempre ofrece el narrador omnisciente, y va saltando de uno en uno según le convenga, para dar mejor esa pincelada de humor inglés a la que antes me refería. No me canso de admirar la brillantez de sus introducciones ambientales. Una de las mejores es la que inicia el relato “The Queer Feet”, donde se nos describe un hotel que basa su exclusividad en lo difícil que resulta servir a los clientes. Es cierto que este tipo de cosas siempre han entusiasmado a los ingleses, nos dice Chesterton. Si existiera un restaurante carísimo que, por un mero capricho de su propietario, sólo abriera los jueves por la tarde, se llenaría indefectiblemente cada jueves por la tarde. Me encantan este tipo de observaciones, no lo puedo evitar.
Así, pues, las Historias del Padre Brown están llenas de guiños y detalles para el lector que resultan infalibles para ganarse su complicidad. En este sentido, el ingenio de Chesterton triunfa y arrasa. Ciertamente, debió de ser un hombre con una gran personalidad: escribió más de cien libros de todos los géneros, cuando era niño nadie sabía si calificarlo de idiota o de genio, era muy conocido por sus proverbiales despistes (una vez llegó a escribir a su mujer el siguiente telegrama. “Estoy en Market Harborough. ¿Dónde debería estar?”). Esa fuerte personalidad se imprime en la prosa del escritor inglés y maneja con soltura la paradoja, la ironía, el golpe de efecto (¡qué frases finales!). Tanto El hombre que fue jueves como estas historias irradian un talento enormemente personal a la vez que inmerso en la tradición más clásica. Como Borges, claro. Cuanto más lo pienso, más similitudes veo entre ambos autores. Al fin y al cabo, el argentino se pasó la vida afirmando sin reparos la superioridad de la literatura inglesa frente a la tradición castiza española. Ojalá lo hubieran escuchado más. Quizá Chesterton no parecería ahora tan inalcanzable.
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blanca gago domínguez
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miércoles, enero 02, 2008
Estambul. Ciudad y recuerdos
Se puede considerar Estambul. Ciudad y recuerdos un libro autobiográfico porque se sitúa en esa línea tan difusa que serpentea entre los géneros literarios después de que llegó la Modernidad y se instaló tan decisivamente en la concepción del arte y la figura del artista. Es, sí, autobiografía, pero es mucho más. Por una parte, Pamuk utiliza sus recuerdos de infancia y juventud como base del libro (que termina cuando, con diecisiete años y en mitad de una tensa discusión con su madre, anuncia que ha decidido ser escritor); por otra parte, estos recuerdos están vivos, se estructuran y pertenecen a la conciencia en tanto en cuanto forman parte de la mirada del escritor a su ciudad. Así, ambos elementos permanecen en constante diálogo y crean una historia que avanza entre callejuelas, fotografías (¡qué bellas fotografías! Sólo por ellas ya merece la pena leer este libro), barcos que atraviesan el Bósforo y peleas y risas en el edificio Pamuk, donde el autor ha pasado buena parte de su vida.
Pamuk sabe que, al hablar de una ciudad, cualquier cosa que digamos sobre su alma o su esencia acaba convirtiéndose en una confesión sobre nuestra vida y, especialmente, sobre nuestro estado espiritual. La ciudad no tiene otro centro sino nosotros mismos. Y cuando hacemos una ciudad nuestra y recordamos un paisaje, una esquina, una plaza, lo asociamos inevitablemente a un sentimiento. Así es como el autor estambulí nos enseña su ciudad; nos lleva de la mano por los rincones de Beyoglu, Pera o Cihangir; nos describe las innumerables veces que, desde la ventana de su casa, pintaba lo que veía afuera. Todos los lugares que aparecen en Estambul adquieren su grandeza y provocan la fascinación del lector porque están asociados a un sentimiento, una mirada casi siempre esbozada por la resignación de una pérdida. Los estambulíes viven, nos dice el autor, entre las ruinas del imperio otomano y la pobreza irreparable que provocó esa pérdida. Por ello, todos –hombres, mujeres, niños y viejos- aceptan el sentimiento de amargura nostálgica como parte de sus caracteres y motores centrales de sus vidas. No hay otra forma de vivir en Estambul, parecen gritar las mansiones que se incendian una a una frente al mar, las murallas sucias y las calles llenas de escombros.
El pequeño Ohran (un niño muy lindo, cuya preocupación básica es obtener constantemente el cariño y la aprobación de todos aquellos que lo rodean) percibe desde muy pequeño esa amarga resignación que exhibe la ciudad y la interioriza enseguida. Para luchar contra ella, lo único que puede hacer un estambulí es distanciarse y ver su ciudad desde otra perspectiva: la mirada occidental. Así, el joven Pamuk descubre pronto y lee con avidez los relatos de los viajeros occidentales que pasaron por la ciudad turca en diferentes épocas de la historia y escribieron sus impresiones sobre ella. En el siglo XIX, con el Romanticismo, empezaron a hacer furor los libros de viajes a lugares exóticos, y Estambul, cruce entre Oriente y Occidente, símbolo de la derrota bizantina y la victoria turca sobre la civilización europea, recibió la visita de ilustres escritores que narraron sus experiencias e impresiones sobre el lugar. Los escritos de Nerval, afectado por la locura que lo acabaría matando; Gautier, pintor y retratista excepcional; Flaubert, obsesionado por una sífilis que ya empezaba a hacer estragos, o Gide, cuyas críticas a las costumbres orientales provocaron la indignación de los intelectuales turcos, todos ellos ayudan a Pamuk a crear esa distancia necesaria para poder contemplar su ciudad de una forma crítica, cuestionándose lo aceptado, rechazando los tópicos, yendo más allá de lo que sus ojos y su conciencia están dispuestos a ver en un principio.
Una vez llevado a cabo este proceso de distanciamiento, con la mezcla de pasión e inteligencia que guía cada una de las páginas escritas por Pamuk, comienza la narración concebida como diálogo entre el autor y la ciudad. La sucesión de acontecimientos biográficos (mudanzas, colegios, excursiones, primeras experiencias sexuales) tejida con las impresiones fuera del tiempo es sencillamente maravillosa. El autor turco es un maestro del relato y cada frase es como una celebración. Su prosa cadente, sensible, siempre en el punto exacto entre evocación y precisión, resulta tan valiosa que no puedo sino suspirar de alivio porque decidiera cambiar su primera vocación de arquitecto por la de escritor.
No me importa no haber estado nunca en Estambul. Probablemente habría leído y disfrutado el libro de un modo distinto, pero no necesariamente mejor. Ya me ocurrió con El libro negro –también con la ciudad turca como eje central de la historia- y espero que me siga ocurriendo con todo lo que lea del autor en el futuro. Su capacidad para arrastrar al lector, alentar su ensoñación como forma de viaje personal y reflexión honesta, es tan profunda que no necesitamos más que una cierta disposición, tiempo y silencio. El resto lo pone él.
Estambul. Ciudad y recuerdos
Editorial Mondadori, Barcelona, 2006.
425 páginas.
Traducción de Rafael Carpintero.
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domingo, diciembre 23, 2007
My road before me
Leer diarios, en cambio, siempre me ha gustado mucho. Algunos de ellos, publicados ya en vida del autor, ya póstumamente, son tanto o más interesantes que el resto de su obra. Es el caso del Journal de Gide, los Diarios de Kafka o de Miguel Torga, y también de este My road before me de C.S. Lewis que, por mucho que he buscado, no he encontrado traducido al español. Lewis comenzó a escribirlo con apenas veinticuatro años y lo mantuvo durante cinco, de 1922 a 1927.
Hace mucho tiempo alguien me convenció para que leyera Una pena en observación, y ahí fue cuando descubrí a este autor irlandés, poco accesible e incluso incómodo para los críticos y biógrafos, que no saben muy bien dónde situarlo, qué etiquetas colocarle, o desde qué punto de vista tratar sus obras. Es, ciertamente, un autor escurridizo y extremadamente independiente, que escribió libros tan dispares como las Crónicas de Narnia o el ensayo Mero cristianismo, después de su conversión en 1931.
Al inicio de su diario, Lewis se pregunta qué motivos lo han llevado a emprender la tarea de relatar los acontecimientos cotidianos, para responderse a continuación: “Creo que la continuidad del día a día ayuda a uno a ver el movimiento de un modo más amplio, y prestar menos atención a cada maldito día en sí mismo”. Lewis cumple maravillosamente el cometido que se ha autoimpuesto y, durante cinco años, va relatando sus problemas domésticos, sus conversaciones más nimias y más interesantes, sus apuros económicos o sus paseos con su perro Pat. En 1922 está a punto de acabar sus estudios universitarios en Oxford y ya ha sobrevivido a las trincheras de la Primera Guerra Mundial gracias a una convalecencia en un hospital francés. Vive muy pobremente con Jane Moore, madre de su amigo Paddy, y la hija de ésta, Maureen. Antes de partir a Francia, Paddy y Jack (como se conocía familiarmente a Lewis) prometieron que, si uno de ellos caía, el otro cuidaría de su progenitor hasta el final. Paddy murió y Lewis cumplió su palabra con creces.
Mrs. Moore, irlandesa también y separada de su marido (al que se refería como “La Bestia”), formaba junto a su hija la “nueva familia” del joven estudiante. Mientras tanto su padre, Albert Lewis, un hombre de extremada rectitud e incapaz de alterar su rutina para ir a visitar a su hijo, permanecía en Belfast. A pesar de que se sentía horrorizado por la conducta de Jack, lo seguía manteniendo mientras éste se presentaba a todas las becas que ofrecían las universidades cercanas. Sin embargo, la competencia era dura en el Oxford rígido de All Souls -que Javier Marías y Gracia Querejeta tan bien retrataron, respectivamente, en el libro Todas las almas y la película El último viaje de Robert Rylands.
Durante esos primeros años, Lewis alternaba la composición poética con la preparación de exámenes y las tareas domésticas (nunca he sabido de ningún otro escritor que dedicara tanto tiempo a limpiar el baño y la cocina, además sin una queja). El diario refleja muy bien la angustia contenida de esta época, en que Mrs. Moore y Lewis rozan continuamente el borde de la pobreza más absoluta. Trabajar y mantenerse unidos los salva una y otra vez. La figura de Jane Moore, llamada simplemente D en el diario por razones ignotas, se alza desde el principio y llena las páginas que escribe el joven. Ella es el punto de apoyo, el centro de su pequeño universo, una mujer con la dignidad que suelen mostrar los que han logrado vencer los peores sufrimientos. Lewis no desvela el más mínimo detalle sobre su pasado, ni sobre la verdadera relación que mantuvieron. Muchos creen, aunque nunca se ha podido demostrar, que por entonces ya eran amantes. Es probable que lo fueran. Lo cierto es que vivieron juntos muchos años, hasta que ella comenzó un lento proceso de declive que terminó en una lujosa residencia inglesa, adonde Lewis no dejó de acudir a verla ni un solo día hasta su muerte.
Poco tiempo después de que ella falleciera, él se casó con una judía conversa al cristianismo, Joy Gresham. El matrimonio duró apenas cuatro años, ya que ella murió de cáncer. Entonces él escribió Una pena en observación, uno de los libros más tristes que he leído nunca. La pureza y el desgarro lúcido con que Lewis despezada y examina su propio dolor son terribles. No hay lugar para el mínimo asomo de compasión. Y esa firmeza contenida ya envuelve las páginas del diario del joven Lewis: en una comunidad tan cerrada como el Oxford de los años veinte, él se enfrenta a toda clase de adversidades sin permitirse desfallecer ni un día, hasta que consigue su beca, publica su primer poemario y compra una casa con un gran jardín en la que vivirá junto a Jane Moore en paz por mucho tiempo. Nociones tan cristianas como el pecado, la purificación a través del trabajo y el sufrimiento o la redención final acompañaron a Lewis durante toda su vida, incluso cuando se declaraba ateo, y construyen asimismo la base argumental de buena parte de sus obras.
En efecto, aunque en My road before me el autor aún está lejos de su conversión (en la que jugará un papel decisivo su amigo J.R.R Tolkien), la voluntad férrea y la lucidez que permitieron arraigar tan fuertemente sus principios religiosos están ya muy presentes en estas páginas. Asistimos al transcurso anodino de los días, salpicados de visitas, discusiones, trabajos y lecturas, y al tiempo sentimos el latido de una fuerza inmensa que acecha, esperando paciente su momento. Fue así, a través de esta fuerza, como Lewis se convirtió en el autor prolífico y complejo cuya personalidad aún hoy resulta un misterio, a pesar de la publicación de sus diarios y su autobiografía, que apareció en 1955 con el título Surprised by joy (tampoco he encontrado ninguna traducción al español). Como conozco mi reacción más probable, creo que no la leeré. Prefiero quedarme con la imagen que Lewis ofrece en estos diarios: la de un joven brillante y enigmático, con una fuerza irreductible y una conciencia fascinante.
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blanca gago domínguez
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domingo, diciembre 23, 2007
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sábado, diciembre 08, 2007
Cuentos reunidos de Saul Bellow
Mi primera aproximación a Bellow ha sido a través de sus cuentos –la mayoría de ellos, en realidad, novelas cortas- y me ha dejado inmersa en una gran confusión que no puedo explicar muy bien. Creo que nunca había leído tantos textos juntos de un mismo escritor que me produjeran sensaciones tan distintas… como si no las hubiera escrito la misma persona. Es cierto que el autor, nacido en Canadá en 1915 de padres rusos, pero criado en un Chicago de gangsters e industrias con el que siempre le quedaron asuntos emocionales pendientes, ha tenido una larga vida literaria, ha publicado constantemente novelas, cuentos y ensayos y, claro está, supongo que habrá experimentado una evolución que otros conocerán muy bien y ya habrán explicado con ejemplos y datos irrefutables. Yo, que empecé a leer a Bellow sin saber siquiera que había ganado el Nobel el año en que nací –y la Légion d’honneur, by the way, impuesta por François Mittérand un poco más tarde-, no creo que sea capaz de explicar bien las razones por las que estos cuentos me parecen tan distintos, tan irregulares, tan extrañamente juntos.
Algunos de los personajes que llenan las páginas de estas Collected stories (traducidas en 2003 por Alfaguara) me parecieron maravillosos y, desde el primer momento, se produjo una especie de entendimiento con el que pude seguir la historia, palpar el ambiente (casi siempre, un Chicago nevado, nocturno y muy atractivo en la distancia), disfrutar del texto y poner algo mío en él. Me gustaron mucho, por ejemplo, “A Theft” o “Zetland: by a character witness”. Me encantó “What kind of day did you have?”, uno de los cuentos más largos, que relata las vicisitudes de Katrina, una mujer torpe y enamorada de un eminente intelectual. Aquí Bellow maneja muy bien el tiempo, algo difícil en este tipo de historias que no son ni cuentos ni novelas y, por tanto, requieren un esfuerzo de habituación extra por parte del lector. Así, la historia sucede en unas cuantas horas y en ella intervienen unos pocos pero bien definidos personajes que se van turnando educadamente, en una especie de coro bien avenido que resulta muy emocionante.
Y precisamente eso, emoción, es lo que he echado en falta en la mayoría de cuentos de Bellow. Si los puntos de partida y los argumentos son buenos, ¿por qué me he acabado aburriendo y perdiendo en los detalles de muchos de ellos? Es lo que me sucedió, por ejemplo, en “The Bellarosa Connection”, uno de los cuentos más conocidos del autor norteamericano, a juzgar por el prólogo a la edición que tengo, donde su mujer explica detalladamente cómo fue concebida y escrita la historia (y, de paso, aprovecha para dirigirse a la hija Naomi Rose, con la seguridad de que leerá a su padre veinte años después de que ella escriba esas líneas. No puedo evitar preguntarme: ¿era necesario ese canal de comunicación?). Volviendo al proceso de dispersión en “The Bellarosa Connection”, todo al comienzo pintaba muy bien: un título interesante, un narrador excéntrico con un pasado prometedor y el papel de la memoria en nuestras vidas como centro estructural del relato. Abordé la lectura con entusiasmo y acabé respirando aliviada al llegar al final, lo cual me molestó mucho. ¿Será que cada vez soporto menos a los autores que van sacando hilos de la madeja para embrollarlos a su guisa, sin dar una piola al lector? A veces tenía la impresión de que Bellow estaba haciendo exactamente eso. Y, al hacerlo, no me parecía que estuviera siguiendo los pasos de los grandes maestros de la prosa del siglo XX, como afirman algunas críticas que he leído acerca de estos cuentos.
La pregunta que me hago ahora es ¿por qué estas sensaciones tan contradictorias? Me gustaría situar el punto de inflexión que separa ambos terrenos. Quizá es que no he sabido apreciar el sentido del humor, la sutilidad irónica de Bellow. Es posible, porque siempre me gusta más cuando se pone serio, pero no creo que sea ésa la única razón. La clave está, creo, en la diferencia de ritmo que hay entre unos cuentos y otros. Para irse por las ramas y voltear al lector a su antojo (como hacía Proust, como hacían Musil y Henry James, cada uno de maneras y por razones muy distintas, pero con técnicas básicas similares), el autor debe asegurarse primero de que éste se encuentra bien sujeto y no se va a marear. En mi opinión, Bellow a veces pierde el control de los mandos y nos deja sentir el paso que vacila, el resorte que falla… entonces la tensión salta y el argumento se acaba chafando. Por eso creo que Janis Bellow afirma que no puede menos que aguantar la respiración cada vez que Fonstein, uno de los protagonistas de “The Bellarosa Connection”, escapa de prisión. Eso ocurre durante las primeras diez páginas. No especifica qué experimenta después, pero, si fuera sincera, creo que terminaría admitiendo que no puede menos que distraerse de vez en cuando y pensar en el menú de la cena.
En fin, a pesar de todas estas contradicciones que tan intensamente me han embargado durante la lectura de los cuentos reunidos de Saul Bellow, estoy contenta de haber podido conocer el Chicago nocturno y alejado de estereotipos que el autor recrea tan bien, los momentos de lucidez de algunos personajes (estoy pensando, sobre todo, en el chico que vuelve a casa después de haber sido desnudado por una prostituta y piensa “En el seno del hogar, dentro de la casa, unas reglas arcaicas; afuera, la vida real”). La traducción de esta frase, de Beatriz Ruiz Arrabal, es una buena muestra del estilo de Bellow: puede ser lírico, punzante, agudo e ingenioso, pero nunca invisible. En todo caso, lo que sí debería haber ignorado es el prólogo de Janis Bellow. Creo que ninguna mujer hizo nunca tan flaco favor a su marido.
Collected stories
Penguin Books, 2002.
442 páginas.
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blanca gago domínguez
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sábado, noviembre 24, 2007
El cielo protector
Paul Bowles tuvo la idea de escribir esta novela en un autobús, mientras recorría la Quinta Avenida de Nueva York. Empujado por ella llegó a Tánger justo cuando Europa salía de la Segunda Guerra Mundial y el Norte de África aparecía frente a él como un inmenso espacio que lo iba a absorber durante el resto de su vida. Es extraordinario cómo un norteamericano fue capaz de escribir una novela como ésta y, al mismo tiempo, renegar de su país para quedarse a vivir en la tierra bajo la cual se encontraba el cielo protector. En efecto, este precioso título sólo adquiere su completo significado una vez que nos adentramos en un paisaje maravillosamente inmerso en la historia. Bowles no describe lugares pintorescos o costumbres curiosas, el suyo no es un libro de viajes; el choque de culturas es, en este caso, inexistente.
En la novela, la pareja formada por Kit y Port viaja junto a Tunner, que cumple a la perfección su papel de agitador discreto aunque persistente. Ninguno de ellos posee un pasado ni un futuro; lo único que hacen es ir de un pueblo a otro, de una ciudad a otra. El narrador omnisciente no nos concede accesorios más o menos útiles con los que identificar y juzgar a los personajes, y tampoco vueltas atrás en el tiempo que favorezcan el recuerdo nostálgico de la patria abandonada. Todos los elementos de la historia se mueven constantemente hacia adelante y, sin embargo, no podemos decir que los protagonistas busquen algo concreto, más allá de un sitio donde pasar la noche, comer y beber. No hay objetivos a corto o largo plazo, sólo el anhelo de vivir el momento desde dentro. Ése es, pues, el elemento clave que los define y los diferencia, marca sus relaciones a lo largo de la novela y permite al lector acercarse a ellos, sufrir y compartir sus crecientes angustias. Bowles eligió así el camino más difícil y logró crear esta historia magistral, que golpea hondo porque se mueve entre las pulsiones más básicas e incomprensibles del ser humano.
Kit y Port, a pesar de llevar juntos diez años y profesarse mutuamente un amor incondicional, son incapaces de comunicarse y, sobre todo, de entenderse. Cada uno reacciona de modo distinto ante una puesta de sol, una amenaza, la posibilidad de una infidelidad... Kit vive en alerta permanente, mientras que Port hace todo lo posible por abandonarse al curso de la vida y lucha por desembarazarse de su conciencia, sus prejuicios, la herencia que se ha convertido en un fardo. Sabe que el cielo lo resguarda de algo terrible que hay detrás, y que puede avecinarse en cualquier momento. Así, la novela avanza tejiendo con fuerza las redes que van creando los personajes entre sí, hasta que éstas son tan espesas que se vuelven del revés, resisten varios golpes mortales y acaban en un suave y dulce delirio, sólo posible gracias a la bellísima prosa de Bowles.
El flujo de pensamiento de las conciencias de los protagonistas, las emociones que sienten con tanta intensidad en un entorno tan atrayente como hostil, y que son incapaces de expresar y compartir, muestran la inteligencia con que el autor norteamericano supo sacar partido a su descubrimiento del Norte de África. El punto de vista que adopta y, lo que es más difícil, desarrolla en constante escapada hacia adelante a lo largo del relato, convierten a esta novela en un caso extraordinario en la historia de la literatura contemporánea. No hay falsa moral, ideales perdidos ni anticonvencionalismos de pose... si pensamos que fue escrita entre 1946 y 1948, todo resulta aún más excepcional, y creo que es prácticamente imposible encontrar algo parecido a esta novela en la literatura más actual. El cielo protector no sólo capta o intuye, sino que consigue expresar con certeza las emociones humanas más puras: otorga palabras al escalofrío que nos recorre, al augurio, al sentimiento inexplicable que no podemos quitarnos de la cabeza. Mediante un estilo tan limpio como contenido (el único que podía construir una novela así), empezamos a caminar por la arena bajo el sol y llegamos al fondo de nosotros mismos, para acabar dándonos cuenta de que, curiosamente, el desierto es muy grande pero nada se pierde nunca en él.
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blanca gago domínguez
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sábado, noviembre 24, 2007
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