9.14.2011

Las cuatro estaciones

Animada por la buena impresión que me dejó la lectura de El ruletista, sigo con la literatura rumana. En este caso, he descubierto al azar la prosa poética de Las cuatro estaciones, de Ana Blandiana. La obra está dividida en cuatro partes, cada una representando a una estación, las cuales describen un viaje que emprende la protagonista. El punto de partida es una realidad hostil: la ciudad en primavera, una playa sofocante y sucia en verano, la nieve cegadora en invierno o la desolación del paisaje en otoño. A partir de esta realidad, la protagonista relata su avance hacia lo que siente como un misterio que se le escapa, y en el que aparece lo fantástico como un elemento estrictamente relacionado con nuestra conciencia. Así, en cada estación la narradora utiliza aspectos personales (recuerdos, sensaciones, anhelos) para ir penetrando una realidad que está por encima de la lógica del paisaje y no acierta a comprender. Esto es, ciertamente, la búsqueda literaria que propugnaba como forma de conocimiento primero el Surrealismo y, más tarde, el Realismo mágico y otras tradiciones surgidas de la literatura fantástica moderna. La prosa poética, además, es un género que se aviene mucho con la búsqueda personal de una suprarrealidad ligada a nuestra propia conciencia. Pienso, por ejemplo, en Las ruinas de París, de Jacques Réda, al que he recordado mucho leyendo Las cuatro estaciones.


Este avance a tientas, en el que nada es seguro ni definitivo, deja abierta al lector la puerta de la interpretación subjetiva. No hay afirmaciones sino sugerencias, y las distintas capas de realidad fluyen de modo que uno puede acceder a ellas y colocarlas de maneras distintas, todas ellas válidas para comprender el todo.


La estación o relato que más me ha gustado es el que presenta menos imágenes y más elementos concretos, relativos a los recuerdos de infancia de la narradora. En esta historia, correspondiente al otoño, aparece de modo poco sutil, en comparación con el resto de la obra, una crítica al sistema totalitario comunista, que prohibía la lectura y posesión de ciertos libros. Por ello, la quema de los mismos resultaba una práctica muy habitual. La historia se titula "Recuerdos de infancia" y aparece en último lugar, como culminación de una caída y, al mismo tiempo, esperanza en un más allá incierto pero prometedor. En las otras historias he avanzado a ciegas, como la protagonista, pero no me he sabido agarrar a las pistas, las manos tendidas o las sugerencias que da la autora a través de las imágenes, que son en sí muy bellas, pero me han sabido a poco.


Es, pues, una lástima que la fina sutilidad de Ana Blandiana resulte, en mi opinión, demasiado ligera para el relato. La protagonista sobrevuela los misterios que van apareciendo de un modo tenue y difuso, que quizá era necesario en los tiempos del "arte social" predicado por el comunismo. Sin embargo, tanta profusión de imágenes brumosas resta fuerza a unos relatos bien trazados y construidos. Así que esta segunda experiencia con la literatura rumana no ha sido del todo satisfactoria. Veremos si en un futuro hay más.


Ana Blandiana, Las cuatro estaciones.

Editorial Periférica, 2011

224 páginas

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