9.06.2006

Nouveaux prétextes

Bajo este título publicó Le Mercure de France en 1951 una serie de textos que había ido escribiendo periódicamente para la revista André Gide, enlazados mediante el lema "réflexions sur quelques points de littérature et de morale". Precisamente porque toda la ficción que escribió Gide se caracterizó por una profunda amoralidad, cuando se trataba de contemplar y analizar el panorama literario europeo y las obras clásicas, el autor francés desplegaba su fino sentido crítico para atacar firmemente cualquier atisbo de inclinación social, partidismo, color, tendencia panfletaria u otras numerosas expresiones que sirven para designar una aberración literaria que parece hoy en día, como mucho, un pecado venial. Del mismo modo que una parte de la crítica tiene una opinión formada sobre un libro antes de abrirlo, muchos autores se refugian en su imagen mediática y en su poder de atracción para mantener su credibilidad, basada en una tendencia política y social determinada. Por ello creo que sería necesario revisar, como hace Gide, la figura de Baudelaire. No sólo del Baudelaire poeta, el excelente visionario de Les Fleurs du Mal, sino el crítico, el fundador de la crítica literaria moderna y creador de una teoría poética a partir de la cual la poesía europea cambiaría para siempre.

Durante la primera mitad del siglo XX, varios críticos franceses "très comme il faut", gramáticos católicos que veían en el protestantismo una amenaza a la férrea tradición del nacionalismo francés, se preguntaban cuándo las jóvenes generaciones se iban a dar cuenta, por fin, de que Baudelaire era un mal escritor: banal, mediocre, falso innovador... Gide se extrañaba de que estas eminencias no fueran capaces de apreciar las formas perfectas de los textos de Baudelaire: a esta perfección formal debe su supervivencia cualquier artista. Sin embargo, la extrañeza de Gide es sólo aparente; puesto que él sabe bien que la dificultad de leer a Baudelaire reside en que éste basa su fuerza en la búsqueda a la que invita al lector con el fin de establecer una especie de connivencia, una colaboración más allá de la aparente impropiedad de los términos. Eso es lo que irrita a los críticos: la sabia imprecisión de una frase o una imagen, que impide cambiar el mínimo elemento sin que el texto se desmorone. Sólo el verdadero escritor consigue mantener esta estructura que implica, claro está, un esfuerzo por parte del lector que Gide considera básico para comprender y apreciar la obra:

"J'ai ce travers de ne croire qu'aux oeuvres qu'on ne comprend pas bien d'abord, qui ne se livrent pas sans réticence et sans pudeur. On n'obtient rien d'exquis sans effort: j'aime que l'oeuvre se défende, qu'elle exige du lecteur ou du spectateur cet effort par quoi il obtiendra sa joie parfaite" (de "Journal sans dates", p.150)

Lo cual quiere decir, más o menos:

"Tengo la manía de no creer más que en las obras que no comprendemos bien al principio, que no se entregan sin reticencia y pudor. No se obtiene nada exquisito sin esfuerzo: me gusta que la obra se defienda, que exija del lector o espectador ese esfuerzo que le proporcionará el goce perfecto".

Leer a Gide y a Baudelaire en estos tiempos me parece un buen ejercicio contra la liviandad y la superficialidad de la que adolecen muchos autores considerados grandes escritores. La exigencia constante de perfección formal como único modo de creación artística es algo que se olvida a menudo. Y aunque las posturas críticas de ambos, en un contexto limitado, pueden parecer más que nada acordes con su tiempo o como mucho avanzadas, lo cierto es que las ideas literarias que defienden son extremadamente válidas hoy en día. Y yo echo de menos ejercicios de crítica rigurosa, exigente y de gran tirada, como los que ofrecía Gide cada semana en Le Mercure de France. ¿Por qué ahora la crítica mediática en muchos casos ni siquiera ha leído bien a Gide y Baudelaire? O si los han leído de verdad, lo disimulan.

Por eso la lectura de estos Nouveaux prétextes me ha resultado tan gratificante. Pero claro, para mí volver a Gide siempre es como volver a casa.

7 comentarios:

  1. Gratificante es descubrir páginas sin morralla en este mar virtual, saltando de madero en madero (vengo de Portnoy y volveré).

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  2. De acuerdo total contigo, Gide es como volver a casa.

    Leer su Diario es maravilloso, aunque no tengo los 4 volúmenes, es una verdadera pena pero jamás he hallado el cuarto tomo. Algun día, no pierdo la esperanza.

    Muy bueno tu texto.

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  3. Gracias. Me alegra que estemos de acuerdo en un asunto tan importante. Aunque no estoy del todo segura, tengo la impresión de que Gide siempre se ha traducido mal al español, y de forma muy desordenada. Quizá de ahí los problemas de recepción de su obra.

    Un saludo

    Blanca

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  4. Apostillas literarias13 septiembre, 2006 02:00

    Si, probablemente ahi esté el problema de recepción de su obra o quizá, no lo se, no exista un buen mercado de difusión de su obra, y es lamentable, sea lo que fuere, porque es un excelente escritor.

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  5. Bien, Blanca. A traducir a Gide pues.

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  6. Ja, ja. Pues no creas que no me gustaría, Puck. De hecho, me encantaría. Lo difícil es encontrar un editor. Parece que Gide está bastante olvidado hoy en día, y es una pena.

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