3.02.2006

Rey Rosa y Bolaño, o el mito del buen salvaje

Por puro azar he leído casi al tiempo dos textos que se desarrollan entorno a una misma base argumental: el hombre que, por diversos motivos, decide apartarse de sus semejantes, refugiarse en la naturaleza y vivir de ella... lo cual, en ambos casos, conduce a una creciente misantropía y una enorme necesidad de soledad y aislamiento. Estos dos textos son la novela corta Lo que soñó Sebastián, de Rodrigo Rey Rosa, y el relato largo El gaucho insufrible, de Roberto Bolaño; ambos escritores latinoamericanos de la misma generación que cultivaron una amistad truncada por la muerte del segundo.

Los textos presentan, como es de esperar, grandes diferencias dentro del paralelismo básico argumental que he señalado. Lo que soñó Sebastián está situado en las tierras mayas de Guatemala, y El gaucho insufrible es uno de los pocos relatos de Bolaño sobre Argentina, y tal vez el mejor de los que he leído. En ambos casos la situación geográfica, política y social está muy presente a través de la tensión individuo-sociedad. Sebastián Sosa vive en medio de la selva tropical, entre animales que acechan por todas partes, sudores cálidos y mosquiteras... el ambiente es perfectamente comparable al que aparece en los cuentos de Horacio Quiroga, pero sin sus lentas descripciones. También los personajes, policías corruptos, sirvientes, cazadores sin ley, son claramente centroamericanos. El sol parece quemar cada página de Lo que soñó Sebastián, y el sopor de la siesta confunde sueño y realidad, vida y muerte, humillación y venganza... todo es como brumoso, sugerido, incierto.

Por su parte, El gaucho insufrible utiliza la situación de la última gran crisis económica argentina, a partir de la cual Héctor Pereda, prestigioso abogado porteño, decide irse a vivir a la Pampa. Pronto se acostumbra a cazar conejos para sobrevivir y contar con los silenciosos gauchos lugareños como única compañía en las llanuras inmensas. Ni Pereda ni Sosa extrañan la civilización, muy al contrario, la rehúyen cuando se ven obligados, muy a su pesar, a tomar con ella el mínimo contacto, y ya no reconocen como suyas las leyes humanas escritas o tácitas, necesarias para la convivencia en sociedad. Ambos son felices en su retiro, ya no piden ni esperan nada, sólo inmovilidad y quietud.

Es interesante reparar en el papel de las mujeres, que cumplen una doble función: por un lado, introducen una inesperada y breve relación sexual en la que ellas son la parte activa (es decir, tanto la india de El gaucho insufrible como María en Lo que soñó Sebastián aparecen, se ofrecen y luego se van tan tranquilas). Por otro lado, constituyen el antagonista de los personajes principales y masculinos: son los seres civilizados que acceden al mundo inmóvil y solitario para rechazarlo casi al momento. La joven y atractiva Véronique aguanta pocos días en casa de Sebastián, y la mirada asilvestrada de éste le produce un gran temor, y la criada de Pereda suelta un rotundo: "Cuando salgo de Buenos Aires noto que no soy la misma, y yo ya estoy muy mayor para cambiar".

En mi opinión, lo más llamativo e interesante de estos textos, ambos de una gran calidad narrativa, es el trazo de ese hombre solo que encuentra su lugar en el mundo en medio de la naturaleza, un falso locus amoenus cuya hostilidad es lo que le permite medir sus propias fuerzas, su integridad, y salir digno y orgulloso de su victoria.

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