3.26.2019

Vida literaria de Carmen Laforet


Leyendo esta Vida literaria de Carmen Laforet, a cargo de Teresa Rosenvinge y Benjamín Prado y publicada en 2004 por Ediciones Omega, he recordado cuánto me gustó Nada cuando lo leí en el instituto. Por entonces, era lectura obligatoria. Luego olvidé a la autora durante muchos, muchos años hasta que me topé con las cartas que se escribieron Elena Fortún y ella hasta la muerte de esta última, en 1952. Allí descubrí una voz muy nítida en su confusión, amarga pero bien modulada, con una querencia por la sencillez y la humildad que la hacía irresistible.
En esta Vida literaria, la voz de Carmen Laforet vuelve a sonar por encima de sus novelas, más allá de Nada y del Premio Nadal que recibió cuando apenas tenía veintitrés años, y que la catapultó a un éxito que fue luz y sombra al mismo tiempo, porque en él se sintió incómoda toda su vida.
La obra de Rosenvinge y Prado incluye un estudio biográfico, un repaso a su bibliografía y una interesante selección de textos (fragmentos de novelas, cuentos, artículos). Me han gustado especialmente los relatos y los artículos porque muestran muy bien el alcance y la transparencia de esta autora que nunca soportó sentirse constreñida y acatar la voluntad de los demás. Ella siempre se movió por instinto, por intuiciones. Se pasó la vida ansiando la soledad para poder escribir pero, cuando por fin la obtuvo (fue al separarse de su marido después de más de veinte años de matrimonio y cinco hijos, ya mayores, en común), escribir empezó a resultarle cada vez más difícil. En realidad, el oficio de escritora reconocida y profesional siempre le había resultado una carga. En esa época, Carmen Laforet empezó a publicar artículos en varios diarios que, aunque posiblemente fueron escritos por motivos económicos, son una delicia para el lector porque parece como si pudiéramos acariciarle las mejillas, unas mejillas que adivinamos tersas y suaves, adornadas por una leve sonrisa burlona.
La figura de Laforet sigue resultando fascinante hoy en día por su determinación, su honestidad, su desprecio de las cosas mundanas y los elogios engañosos. Sus cuentos y novelas son piezas que conforman de un modo preciso la época en que vivió, la terrible posguerra española; las relaciones humanas en el clima de miedo de la dictadura; las ansias por volar un poco más allá de la mediocridad que se respiraba en esa época. La literatura de Carmen Laforet permanece vigente y la voz de sus cartas y artículos resulta extrañamente fresca, como si aún pudiéramos alargar la mano y acariciarle las mejillas.

Teresa Rosenvinge y Benjamín Prado, Carmen Laforet, serie Vidas literarias, Ediciones Omega, 2004, 520 páginas.


3.20.2019

Abuelas, madres, hijas


Abuelas, madre, hijas, publicado por Icaria Editorial en 2015, recoge testimonios de mujeres cuyo valor principal es, para mí, la invitación que hacen a reflexionar de un modo honesto e individual sobre la condición femenina. Pensar aquello que nos gusta, lo que nos preocupa, cómo afrontamos el paso del tiempo, el envejecimiento, el sexo, la maternidad. Hay tantos caminos que se abren, prometedores, a partir de la lectura atenta de este libro…

Todos los testimonios, recogidos por Anna Freixas Farré, destacan la importancia del cuidado de las mujeres. Cuidar de nosotras mismas igual que cuidamos de los demás (niños, mayores, parejas…). Cuidar nuestras relaciones con otras mujeres porque estas nos allanan el camino y nos acompañan. Cuidar y querer nuestro cuerpo. Cuidar nuestro espíritu, dar respuesta a nuestras inquietudes. Cuidar nuestro trabajo, todo el trabajo que realizamos aunque a menudo no esté reconocido públicamente ni retribuido con un salario.

Es importante asumir la dependencia natural de los seres humanos y no fiarse de ese ideal de libertad autosuficiente que puede resultar engañoso. Pero en esa dependencia, esa interrelación que tejemos y cultivamos, hay que buscar un espacio propio, con proyectos que nos hagan crecer. Nutrirnos a nosotras para nutrir a los demás. Reconocer y trabajar las tensiones que resultan de la contradicción del sistema en el que estamos inmersos, y que solo reconoce el trabajo remunerado pero se basa en el trabajo de los cuidados no remunerados, que es el que cría seres felices y sigue recayendo, a día de hoy y de forma mayoritaria, en las mujeres.

De todo eso y más habla este libro, estas voces serenas de mujeres sabias. Ni que decir tiene que me ha encantado y me ha inspirado muchísimo.

Abuelas, madres, hijas. La transmisión sociocultural del arte de envejecer
Icaria Editorial, 2015, 143 páginas.



3.12.2019

La maldición de Hill House


La maldición de Hill House, traducida al español y publicada por Valdemar Ediciones, es una novela poco conocida de Jackson, quizá porque está encasillada en el género de terror o novela gótica y eso es algo que siempre limita un texto. Sin embargo, para mí es mucho más que eso, y me da rabia que el encasillamiento en un género considerado menor o periférico suponga dotar al libro de una serie de prejuicios de los que tan difícil es librarse.
En La maldición de Hill House, Shirley Jackson nos presenta a una mujer, Eleanor, que se ha pasado la vida cuidando a su madre, encerrada. Cuando la anciana muere, ella decide aceptar un trabajo que un desconocido le ofrece en Hill House, una mansión a las afueras de un pequeño pueblo a la que nadie se atreve a acercarse de noche.
Allí, Eleanor empieza a compartir su día a día con el doctor Montague, que estudia las perturbaciones psíquicas que suelen producirse en las casas encantadas; el joven heredero Luke y la simpática Theodora. Para ella, este nuevo escenario constituye la primera ocasión de su vida de ser independiente, de ser ella misma, lejos de su familia. Quiere volver a empezar y sueña con librarse del pasado, pero el pasado la visita constantemente en esa casa encantada. Le recuerda que siempre ha estado sometida a su madre, se burla de ella cuando pretende integrarse en el grupo y conseguir que la respeten y la escuchen. Es demoledor ver cómo el grupo la va dejando de lado y tachando de loca a medida que avanza el relato… ¿Quién no se ha sentido alguna vez así?
Jackson traza con maestría la finísima línea entre el horror interno y el externo. ¿Dónde empieza y termina cada uno? ¿Hasta qué punto somos responsables de los fantasmas que nos asustan? ¿Por qué no podemos huir del pasado? El relato nos muestra de forma devastadora lo dañinos que pueden llegar a ser nuestros miedos, y cómo los demás pueden aprovecharse de ellos. La tensión está servida en esta lectura perturbadora, como todas las de Shirley Jackson, una autora extraordinaria a quien no me canso de leer.

Shirley Jackson, La maldición de Hill House, Valdemar Ediciones, 2008, 256 páginas.



3.01.2019

De corazón y alma


En las cartas que es escribieron Elena Fortún y Carmen Laforet entre 1947 y 1952, ambas escritoras dejaron reflejadas muchas cosas de sí mismas, tanto por lo que se decían como por lo que no se decían y quedaba flotando en el aire. Mejor no expresarlo abiertamente porque en la España de aquella época, como dice Fortún, lo que no era ilegal era pecado. 

Cuando empiezan a escribirse, Carmen Laforet ya ha ganado el Premio Nadal y es una escritora reconocida pero tremendamente insegura, incómoda y perdida dentro de la sociedad que frecuenta, su familia, sus lectores.  Todo lo que escribe le parece aburrido e inútil. Siente que el precario equilibrio que debe buscar constantemente para conciliar la escritura con la familia es una carga muy pesada y, al mismo tiempo, sabe que escribir, aunque la angustie, la libera. 

Elena Fortún la comprende y le da ánimos desde su propia amargura. Se encuentra vieja y sola y, de hecho, morirá en 1952 tras una durísima enfermedad. Ha pasado por el exilio, la muerte de varios hijos, un matrimonio infeliz que acabó con el suicidio de su marido... A pesar del sufrimiento sus cartas, pulcras y cuidadas, reflejan muy bien su voluntad de seguir adelante. 

Carmen Laforet ha aprendido a podarse, como ella dice, a contenerse para acabar escapando por arriba. Esta visión influye mucho en su conversión final al catolicismo. Elena, Fortún, por su parte, admite que nunca ha sabido podarse y algunas de sus ramas han dado frutos venenosos que ha pagado muy caros. 

Cúanto amor, cuánta admiración desprenden estas cartas de dos mujeres que apenas se vieron en vida y, sin embargo, se sintieron muy cercanas desde el primer momento y fueron capaces de establecer una intimidad tan llena de emoción que hoy día nos resulta sorprendente, en tanto en cuanto las cartas, por desgracia, son una forma de comunicación que ha caído en desuso. Pero sí, a veces pasa que conocemos a alguien y al instante sabemos que podríamos contarle cualquier cosa. Esa magia que se pasea por todo el epistolario nace de la literatura, de la obra que estas mujeres nos dejaron y a través de la cual pudieron establecer un vínculo tan íntimo. 

Carmen Laforet y Elena Fortún, De corazón y alma (1947-1952), Fundación Banco Santander, 2016, 144 páginas. 




2.26.2019

Shirley Jackson


Shirley Jackson (I)

Hace poco leí We have always lived in the castle, de Shirley Jackson, que publicó en español Minúscula el pasado año, y me gustó tanto, y me perturbó de tal manera la voz de Merrycat Blackwood, su narradora y protagonista, que decidí indagar en la obra completa de esta escritora hasta hace poco desconocida para mí. Ahora estoy inmersa en sus relatos y novelas, y me apetece ir profundizando poco a poco en ellos, y escribir despacio, a medida que vaya reflexionando sobre las impresiones que me producen. También, a la par, estoy indagando en la vida de Jackson, y cuanto más sé de ella, más admiro lo que escribió.

Podemos situar el grueso de la obra de Shirley Jackson en los años 50 y 60, la época de la Guerra Fría, el macartismo, la caza de brujas… Las mujeres se vieron obligadas a cumplir el sueño americano en sus casas de los suburbios mediante el desempeño de un papel muy rígido de amas de casa, esposas y madres. No estaban autorizadas a realizarse de otro modo. En su narrativa, Jackson retrató la otra cara de estas mujeres, que ella conocía de primera mano: la ansiedad y la frustración provocadas por el sometimiento a un modelo social injusto y desigual.

Entonces se hizo bruja. Y escritora. Así lo proclamaba a los cuatro vientos a todo el que quisiera escucharla. Pero nadie terminaba de creérselo. Como cuando acudió al hospital porque estaba de parto de su tercer o cuarto hijo y la enfermera, al tomarle los datos, le dijo: “He puesto ama de casa” después de haberle preguntado por su profesión.

Shirley Jackson vivió una vida enjaulada. Primero, en las expectativas de su madre. Luego, cuando parecía que iba a distanciarse de ella, cayó en las de su marido, Stanley Edgar Hyman, que ejerció sobre ella un terrible control durante toda su vida. Así, Jackson no pudo escapar de su vida de suburbio, ni de sus férreos deberes de esposa y madre, ni de sus adicciones. Solo al escribir podía liberarse, escupir un poco de aquel veneno que digería lenta y constantemente y que acabaría por matarla a los cuarenta y ocho años. Escribió muchísimo y tuvo tiempo de dejarnos una obra prolífica, excelente y reveladora que aún estoy descubriendo y sobre la que quiero hablar poco a poco. Ha permanecido tantos años en el olvido y el desprecio que vale la pena desempolvar ahora con cuidado. Las traducciones de Editorial Minúscula (Siempre hemos vivido en el castillo, Deja que te cuente, Cuentos escogidos) o Nórdica (La lotería) son, en este sentido, tremendamente oportunas, así como el trabajo de varios críticos y escritores (Ruth Franklin o Joyce Carol Oates entre ellos) que llevan años reivindicando su figura, tradicionalmente considerada menor.  

Celebremos esta oportunidad. Disfrutemos de Shirley Jackson.

We have always lived in the castle, Viking Press, 1962, 214 páginas.
Siempre hemos vivido en el castillo, Editorial Minúscula, 2012, 204 páginas.



2.20.2019

Nana de tela


Hace un par de años leí por primera vez Nana de tela. La vida tejida de Louise Bourgeois, escrita por Amy Novesky e ilustrada por la gran Isabelle Arsenault. Fue un regalo de mi suegra a mi hija pero, aunque está publicado por Pequeña Impedimenta, el sello infantil de la Editorial Impedimenta, yo creo que es un libro para adultos. Novesky y Arsenault recrean, a través de la figura tan maravillosa de la escultora Louise Bourgeois, un universo tejido por la nostalgia y la necesidad de reparar lo que la vida y el tiempo nos han roto.
Es un libro triste, para leer en soledad y despacio, mezclando los recuerdos de nuestra infancia con la lectura, dejando que nos envuelvan las voces de aquellos que ya no están, o que no están de la misma manera. Así, poco a poco, podremos ir tejiendo también la historia de nuestras pérdidas y repararla gracias a las palabras, a nuestra voluntad, al arte que se esconde en cada gesto y cada tarea de nuestra cotidianidad.
Maravilloso libro que no conviene olvidar en el marasmo de publicaciones actuales.

Nana de tela. La vida tejida de Louise Bourgeois, Pequeña Impedimenta, 2016, 40 páginas.

2.16.2019

La chaise-longue victoriana


Publicada por primera vez en 1953, La chaise-longue victoriana es una novela corta de Marghanita Laski; en mi opinión, la mejor que escribió. Aunque aquí su nombre no resulta apenas conocido, en Reino Unido fue una escritora e intelectual reconocida gracias, sobre todo, a su trabajo como periodista y crítica literaria. 

Cuando leí por primera vez esta novela me quedé maravillada por la habilidad con que está escrita. Tiene el ritmo preciso, los diálogos ajustados, el manejo del tiempo más adecuado…Es una novela compacta, que cae como una bofetada y provoca un terror sutil que va creciendo a medida que avanza la historia, implacable. Todo un ejemplo de dominio de la escritura.

Conocemos a la heroína en la primera frase, cuando exige al doctor que la atiende que le asegure que no va a morir. Melanie Langdon se nos aparece como una joven bella y mimada, madre reciente y enamorada esposa, que convalece en su casa londinense de una tuberculosis.  Tiene a su disposición un marido que la adora, una enfermera atenta y todas las comodidades que pueda desear. Sin embargo, esta primera escena ya presenta detalles aciagos. Todo está demasiado bien, todo resulta demasiado bonito, como lleno de sonrisas congeladas y falsas. Por ejemplo, el doctor, mientras habla con ella, piensa que es una criatura puramente femenina, que se convierte en todo aquello que su hombre desea. Otro ejemplo reside en el hecho de que a Melanie no la dejan ver a su hijo por miedo al contagio de tuberculosis. Cuando esta protesta y expresa su deseo de estar con el bebé, porque teme que ya sea tarde para establecer el vínculo materno filial, todos suspiran a su alrededor y ponen los ojos en blanco. La tachan de intensa, de impaciente…Los nervios no son buenos para su enfermedad, repiten benévolos, sacudiendo la cabeza. Esta escena, preludio de la trama propiamente dicha, resulta ya terrorífica por el modo en que todos los personajes (el doctor, el marido, la enfermera) infantilizan a la protagonista.

Cuando esta ya se encuentra mejor, la trasladan a una chaise-longue que ella misma adquirió en una tienda de antigüedades. La enfermera la obliga a echar una siesta y, al despertar, comienza la pesadilla: está encerrada en el cuerpo de otra mujer de la época victoriana, Milly. La infantilización continúa y se vuelve cada vez más oscura, más brutal. Melanie, en su nuevo entorno, se convierte en una mujer que no sabe lo que quiere. Se siente tan indefensa y culpable que llega a pensar que el placer sexual es diabólico, y su castigo por disfrutar de él se ha consumado en forma de encierro en otro cuerpo, en una casa terrible de una época ajena. En el cuerpo de otra mujer a la que, como ella, nadie deja levantarse y todos piden que se calme. Pero aquí, en esta época victoriana, la benevolencia pierde su lado amable, ya no hay sonrisas falsas sino desprecio, acritud, odio.

Melanie y Milly se acaban fundiendo en una misma víctima postrada y ninguneada: la loca de la casa. Encontramos, pues, en La chaise-longue victoriana, una nueva personificación de esta categoría en la caben, asimismo, la Antoinette de Ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys, o la Berta Mason de Jane Eyre, de Charlotte Bronte. Es fácil imaginar su destino común: ya se sabe que no hay piedad para la loca de la casa.

The Victorian Chaise-Longue, Persephone Books, 1999, 120 páginas.
La chaise-longue victoriana, Automática editorial, 2012, 144 páginas.





2.14.2019

Chilean Electric

En un ratito me he leído este Chilean Electric de Nona Fernández, publicado por Editorial Minúscula. Es un relato bien construido, conducido por la luz de su familia, su país, su adolescencia. La luz como hilo conductor, la luz que ilumina la escritura y despeja las sombras llenas de cadáveres, asesinatos, silencios en los que se hundieron las palabras. 

Me gusta mucho cómo trenza Nona Fernández este relato tan corto como intenso. Nunca la había leído, pero sí que he conocido gente de su generación, que creció con los toques de queda, las desapariciones, el terror del régimen de Pinochet. Chilean Electric refleja muy bien el sentimiento de orfandad e impotencia que embarga a todos esos niños que crecieron en el Chile de los años ochenta sin comprender muy bien qué pasaba a su alrededor, por qué los adultos muchas veces no contestaban sus preguntas y no querían ni oír cómo ellos las formulaban. 

Ahora, en estos momentos, me gustaría tener aquí, a mi lado, una luciérnaga que me iluminara un poco el camino. Yo sí que las veía de pequeña, en el pueblo de mi padre aún había, y por la noche, antes de acostarme, podía contemplarlas bajo el cielo estrellado. Era como velitas que arrojaban tenues destellos de emoción. 

Chilean Electric, Editorial Minúscula, 2018, 100 páginas. 

2.12.2019

Primera persona


Descubrí a Margarita García Robayo hace poco, gracias a Editorial Tránsito. Me gustó muchísimo su novela Lo que no aprendí y, cuando por fin se publicó Primera persona, corrí a comprarlo a la librería porque tenía ganas de reencontrarme con el ambiente caribeño, familiar, asfixiante, ambiguo y traicionero que tan bien se refleja en la novela, y esa voz narrativa que se alza en medio de todos esos sofocos de forma clara, segura, a veces rabiosa, firme en todo caso. En Primera persona he encontrado esa voz multiplicada, como el ambiente, porque aquí la autora ya no solo recurre al entorno en que creció, la ciudad colombiana de Cartagena, sino también otras ciudades que visita, y especialmente la que habita, Buenos Aires. Esta multiplicidad de ambientes descritos, la mayoría latinoamericanos, aporta una riqueza sutil a los relatos que conforman este libro. La voz también es múltiple porque da saltos temporales y nos lleva de la infancia a la madurez, luego a la adolescencia, luego a la juventud. Se nos acerca al oído y susurra, pregunta, a veces responde, otras veces renuncia a las respuestas, pero nunca deja de indagar.

Me han gustado especialmente dos relatos de Primera persona por la profundidad de sus reflexiones, por todo lo que han evocado en mí mientras los leía. La memoria aparece aquí como réplica, como hilo para enhebrar la aguja del diálogo entre narrador y lector.

“Historia general de tu vida” engarza recuerdos con impresiones fugaces, sensaciones como destellos. Así, el enojo es “un cuerpo compacto que se ha instalado en la boca de tu estómago y pide salir”. Pasan de largo maridos, hijos y suegras, espejos y cacas de perro, el árbol de guayaba del que cae la narradora y la mamá diciéndole que no era su hija, sino un tumor que finalmente había conseguido expulsar. La narradora hila escenas vívidas, diálogos apenas esbozados, como en una película muy rápida que ve pasar ante ella, la de su vida, y solo se detiene en aquellos momentos que se aferran a su memoria, que por alguna razón no quieren escapar tan rápido. La acompañamos en ese recorrido intenso, veloz, para evocar con ella nuestros propios enojos, el miedo que sentimos aquel día al salir de casa, la vez que nuestro hijo se quedó aterrado al ver al Hombre Araña, o la constatación de que nuestra individualidad tan solo está hecha de “pequeños secretos de uno mismo”. Nada más que eso. Y nada menos.

En “Mi debilidad (apuntes desordenados sobre la condición femenina)”, Margarita García Robayo escribe acerca de la conciencia de la vulnerabilidad que las mujeres solemos adquirir a una temprana edad, cuando aún no podemos definirla pero sí sentirla. Desde ese momento, esa conciencia actúa como una alarma que nos persigue constantemente, y ante la cual podemos distraernos solo por un tiempo, pero “siempre vuelve palpitante y dolorosa”. Esa conciencia nos recuerda que ser mujer significa andar con cuidado, alerta, porque nunca se sabe. Somos débiles y tenemos que cuidarnos de un peligro que acecha, que no se nombra pero del que hay que aprender a huir.

Esa debilidad de las mujeres, esa lacra impuesta desde la infancia, conlleva una eterna e interna lucha llena de contradicciones al tratar de distinguir la naturaleza de nuestro género de las imposiciones culturales. Intentar reconciliar ambas partes para reconocernos es una tarea monumental, yo diría que imposible. A medida que nos adentramos en la madurez, resulta más difícil separar ambas cosas. Por ejemplo, cuando nos enfrentamos al llamado instinto maternal. Al concebir la crianza de nuestros hijos ¿qué nos viene en el ADN y qué es fruto de capas y capas de modelos maternales determinados por la historia y la costumbre? ¿Y al decidir si queremos o no ser madres? Esta dicotomía es algo que surge en mi vida cotidiana constantemente en forma de preguntas, de dudas, de sentimientos encontrados, a la hora de relacionarme con mi familia, con mis padres, con mi pareja, con mis hijos. “Déjate llevar por tu instinto”, me decían las matronas cuando tuve a mi primera hija. Yo las miraba sin atreverme a preguntar a qué se referían, dónde quedaba el instinto a estas alturas de civilización.
Y es que, como muy bien apunta Margarita García Robayo, quien más, quien menos, la mayoría de mujeres acabamos convirtiéndonos en algo parecido a lo que nuestras familias esperaban de nosotras. La mayoría acabamos emparejadas, con hijos, entregando mucho, quizá demasiado, en una vida convencional, por mucho que esta palabra nos incomode porque nos recuerda lo que aborrecemos, lo que un día negamos que reproduciríamos. Por ello, el día a día de muchas mujeres, y con este la percepción de nuestra identidad, se construye a base de contradicciones, a base de caminar por un sendero muy estrecho. Avanzamos entre lo que deseamos ser y lo que acabamos siendo realmente, que a veces es solo lo que nos dejan ser. Y ahí, cada quien se las compone como puede para que los gritos de la conciencia no retumben demasiado y podamos dormir lo bastante tranquilas sin oírlos, a modo de alarma, sonando a cada momento.


Primera persona, Editorial Tránsito, 2019, 209 páginas.
Lo que no aprendí, Malpaso editorial, 2014, 182 páginas.



2.08.2019

Recobrar la voz

Quizá alguien se pregunte alguna vez (o yo misma, dentro de unos años, cuando mezcle etapas de mi vida y confunda intervalos de tiempo) qué ha pasado en estos casi siete años, por qué no he escrito nada y por qué he vuelto ahora. 

La respuesta es que he tenido dos hijos, que ya tienen siete y seis. Eso hizo que perdiera mi voz narrativa y, hace un par de años, empecé a ejercitarla de nuevo, a modularla poco a poco, a ratos, paradójicamente a través de la poesía, que nunca había escrito hasta entonces. Comencé a escribir poemas una tarde de verano con los niños, para matar el tiempo y el calor, y de pronto sentí una enorme furia que ya no recordaba, unas ganas terribles de ponerme a escribir de nuevo, de emitir otra vez una voz literaria. Una voz nueva, porque yo ya era una persona distinta. En ese proceso de búsqueda me encuentro todavía. Creo que estos siete años de silencio me han dado soltura y experiencia. Antes escribía de forma más contenida, me imponía restricciones que ahora me parecen un tanto bobas. Ahora no me importa mostrar mi intimidad, de hecho, busco mi intimidad como parte fundamental de mi voz. Eso es algo que me ha costado entender y aceptar. 

Antes creía que viajar, salir fuera, lejos, conocer lugares y gente nueva era la mejor manera de aprender. Ahora sé que también es posible hacerlo sin  alir de casa, hurgando en lo propio, desmenuzando el ámbito doméstico. Es quizá también el modo de aprendizaje más duro, casi asfixiante por momentos. Pero ayuda a crecer. 

Estoy contenta de haber vuelto. Quién mejor que yo misma para recibirme como me merezco y darme la bienvenida. Seguramente las reseñas, a partir de ahora, ya no serán lo que fueron. Serán otra cosa, estarán escritas desde otras perspectivas. Pero aquí sigo, encantada de explorar nuevos rincones literarios, cargada de energía para que mi voz recobrada se oiga, no importa dónde llegue. 

2.07.2019

La memoria del aire



Casi todas las mujeres hemos sufrido, en algún momento de nuestra vida, en alguna relación de pareja, algún tipo de violencia. Son muy pocas las que se libran. A la mayoría nos han dicho, de uno u otro modo, que la culpa de esa violencia ejercida sobre nosotras es nuestra.

Muchas hemos fantaseado con salvar a algún hombre alguna vez. No conozco a ninguna que lo haya conseguido. Muchas hemos pensado: "Pobre". Muchas hemos perdonado cosas que no queremos contar, que desearíamos olvidar, enterrar para siempre, pero no podemos. Esos recuerdos están en la memoria del aire y vuelven de vez en cuando, o a menudo, para atormentarnos y avergonzarnos.

Leer La mémoire de l'air de Éditions Gallimard http://www.gallimard.fr/ , recientemente traducida y publicada en castellano por Tránsito Editorial http://www.editorialtransito.com/como La memoria del aire, es una manera valiente de enfrentarse a esas sombras, a esa violencia que nunca olvidamos por mucho que nos esforcemos. Siempre quedan huellas presentes de uno u otro modo, silencios que se desvelan por sorpresa, miedos delatores, distancias terribles.

Libros como este son necesarios y nos ofrecen una lectura personal, única, que debemos aprovechar. Me alegra mucho que Caroline Lamarche, cuyo El día del perro traduje hace tantos años, vuelva a publicarse en español. Me alegra que sea precisamente este libro. En él, Lamarche analiza con frialdad y acierto los sentimientos, las contradicciones que surgen ante la violencia, así como esa voluntad de agradar que las mujeres podemos llevar hasta límites aterradores.

La memoria del aire
Editorial Tránsito, 2018, 108 páginas.

10.07.2011

Un árbol crece en Brooklyn

Los días en que he estado leyendo esta novela han sido un poco raros. Me ha pasado algo que no me pasaba hace mucho tiempo: no podía quitarme la historia de la cabeza, y cuando no leía, pensaba en ella. Un árbol crece en Brooklyn tiene esa virtud maravillosa de atrapar al lector con fuerza a pesar de no exhibir una técnica narrativa muy buena ni un estilo especialmente destacable. Por eso fue un best seller en 1943, año en que se publicó por primera vez. La historia de la familia Nolan a través de los ojos de Francie, una niña que va creciendo a medida que avanza el relato, captura al lector desde el principio. Betty Smith, autora totalmente olvidada hoy en día, sabía lo que hacía. Para conmover al lector y ponerlo de su parte, apela a los sentimientos más básicos. A través de la empatía crea lazos que se sostienen con fuerza hasta el final, momento en que experimentamos esa sensación tan familiar de pena al acabar un libro que nos ha gustado. Da pena que Francie crezca y se haga mayor, que mire atrás y recuerde con una mezcla de nostalgia y alivio su infancia, y que al empezar su vida de adulta en la universidad pueda meter en una caja todas sus pertenencias.


La novela de Smith no intenta disimular y pone todos los recursos claramente al servicio de la tesis principal de la novela: la educación es la herramienta más importante para defenderse en esta vida. Evidentemente, la familia Nolan es un ejemplo de ello: Francie y su hermano Neeley progresan gracias a la educación que su madre se empeña a toda costa en darles. Las privaciones, el hambre, el trabajo duro, la indefensión ante las injusticias o las diferencias sociales pueden superarse gracias a la educación.


Además, la historia sirve a Smith para exaltar el valor de las mujeres o la importancia de la familia. Durante la novela se habla mucho de los sentimientos que dominan las relaciones entre los protagonistas, y ésa es el arma que atrapa al lector desde el primer momento y no lo suelta hasta el final. Sufrimos, reímos y nos emocionamos con los Nolan, e incluso pensamos en ellos cuando no estamos leyendo sus peripecias. Nos preguntamos si a Francie le irá bien en su nueva escuela o si Katie, su madre, podrá pagar el alquiler del próximo mes. No hay personajes que no resulten atractivos en algún sentido; la magnanimidad humana de Smith es, en este caso, admirable. Y a pesar de que, como ya he dicho, se le ven demasiado las intenciones y la falta de dominio de los recursos literarios, no puedo evitar alegrarme de haber leído esta novela. Quizá porque ahora mismo, en la era del postmodernismo, es difícil encontrar historias así, tan tiernas, tan cálidas, tan poco pretenciosas.

Betty Smith, A tree grows in Brooklyn
Arrow Books, 2000, 483 páginas.

9.24.2011

El fondo del cielo

Al empezar esta novela decidí que era la última oportunidad que daba a Rodrigo Fresán. Recuerdo que Jardines de Kengsinton me dejó absolutamente impresionada, pero abandoné Mantra y La velocidad de las cosas por cansancio y aburrimiento. Pensé que nunca volvería a encontrar aquella fuerza que había en Jardines, que arrasaba con todo y te obligaba a tomar aliento entre párrafos. Bueno, pues no me he reencontrado con ese Fresán sino con otro, digamos más viejo y cascado, pero que conserva algo que recuerda el esplendor juvenil de antaño. Y eso que cuando descubrí en las primeras páginas de El fondo del cielo que la cosa iba de ciencia ficción, me entró una pereza inmensa y ciertos prejuicios provocados por mi desconocimiento del género. Pero como explica el mismo autor al final. ésta no es una novela de ci-fi sino con ci-fi. Es cierto y, aun así, siento que me he perdido referencias, alusiones y guiños que los iniciados disfrutarán seguro. Yo me he quedado con la historia y las nociones básicas que van más allá del género, como el rendido homenaje a 2001. Una odisea en el espacio que aparece en las primeras páginas.


Como decía, he recordado al mejor Fresán en esta novela, es cierto, pero ha sido un proceso lento y paulatino, a medida que avanzaba la historia. O quizá debería decir las historias, porque en El fondo del cielo hay tantas. En eso, el autor argentino no ha cambiado. Hay historias narradas, esbozadas, abortadas, cruzadas... algunas se hunden y otras pasan de puntillas, y todas ellas van conformando voces que llegan y se van. Se trata de una técnica arriesgada, porque al final puede quedar la impresión de que todo resulta demasiado efímero y superficial. Pero Fresán acaba volviendo al hilo principal en la mayoría de los momentos (no todos) en que el lector necesita retomar el argumento, asirse a lo conocido, reencontrarse con los personajes en algún momento de sus vidas y profundizar un poco más en ellos. Por eso la novela adquiere consistencia con dificultades sólo hacia el final, y uno respira cuando acaba la historia y piensa que más o menos ha logrado atar los cabos necesarios para construir algo que se parece a una historia de amor y ciencia ficción. Entonces, ¿merece la pena llegar hasta El fondo del cielo? Ya que no pude hacerlo con las dos novelas anteriores de Fresán, ésta vez me he sentido reconfortada, y he terminado con la sensación de que, mal que bien, ha valido la pena a pesar de algunos momentos difíciles. Momentos en que las imágenes de otros planetas, o de viajes espaciales por el universo han estado a punto de colapsar la historia. Momentos en que mi buena fe se ha tambaleado. A Fresán le gusta ponernos a prueba, y de vez en cuando nos bombardea sin piedad con fantasías alucinógenas narradas a mil por hora. Luego se calma y una vez pasada la tormenta se centra en lo esencial, que constituye el cuerpo argumental de la novela y no pertenece a la ciencia ficción sino a la literatura universal: la obsesión por el pasado, la soledad y el miedo a perder lo que tenemos, el olvido como fracaso...Y la impresión que todos tenemos de vez en cuando de estar viviendo una vida irreal en un mundo que se nos escapa y que alguien, arriba o donde sea, se ríe de nosotros, y nada tiene la importancia que pretendemos concederle. Todo eso está, de un modo u otro, en El fondo del cielo, siempre narrado demasiado deprisa, pero con la fuerza justa como para dar resuello al lector. Una pequeña certidumbre de que Fresán sigue ahí, y quizá alguna vez volverá a escribir como él sabe y dejarse de experimentos alucinógenos.


Rodrigo Fresán, El fondo del cielo

Random House Mondadori, 2011. 272 páginas

9.14.2011

Las cuatro estaciones

Animada por la buena impresión que me dejó la lectura de El ruletista, sigo con la literatura rumana. En este caso, he descubierto al azar la prosa poética de Las cuatro estaciones, de Ana Blandiana. La obra está dividida en cuatro partes, cada una representando a una estación, las cuales describen un viaje que emprende la protagonista. El punto de partida es una realidad hostil: la ciudad en primavera, una playa sofocante y sucia en verano, la nieve cegadora en invierno o la desolación del paisaje en otoño. A partir de esta realidad, la protagonista relata su avance hacia lo que siente como un misterio que se le escapa, y en el que aparece lo fantástico como un elemento estrictamente relacionado con nuestra conciencia. Así, en cada estación la narradora utiliza aspectos personales (recuerdos, sensaciones, anhelos) para ir penetrando una realidad que está por encima de la lógica del paisaje y no acierta a comprender. Esto es, ciertamente, la búsqueda literaria que propugnaba como forma de conocimiento primero el Surrealismo y, más tarde, el Realismo mágico y otras tradiciones surgidas de la literatura fantástica moderna. La prosa poética, además, es un género que se aviene mucho con la búsqueda personal de una suprarrealidad ligada a nuestra propia conciencia. Pienso, por ejemplo, en Las ruinas de París, de Jacques Réda, al que he recordado mucho leyendo Las cuatro estaciones.


Este avance a tientas, en el que nada es seguro ni definitivo, deja abierta al lector la puerta de la interpretación subjetiva. No hay afirmaciones sino sugerencias, y las distintas capas de realidad fluyen de modo que uno puede acceder a ellas y colocarlas de maneras distintas, todas ellas válidas para comprender el todo.


La estación o relato que más me ha gustado es el que presenta menos imágenes y más elementos concretos, relativos a los recuerdos de infancia de la narradora. En esta historia, correspondiente al otoño, aparece de modo poco sutil, en comparación con el resto de la obra, una crítica al sistema totalitario comunista, que prohibía la lectura y posesión de ciertos libros. Por ello, la quema de los mismos resultaba una práctica muy habitual. La historia se titula "Recuerdos de infancia" y aparece en último lugar, como culminación de una caída y, al mismo tiempo, esperanza en un más allá incierto pero prometedor. En las otras historias he avanzado a ciegas, como la protagonista, pero no me he sabido agarrar a las pistas, las manos tendidas o las sugerencias que da la autora a través de las imágenes, que son en sí muy bellas, pero me han sabido a poco.


Es, pues, una lástima que la fina sutilidad de Ana Blandiana resulte, en mi opinión, demasiado ligera para el relato. La protagonista sobrevuela los misterios que van apareciendo de un modo tenue y difuso, que quizá era necesario en los tiempos del "arte social" predicado por el comunismo. Sin embargo, tanta profusión de imágenes brumosas resta fuerza a unos relatos bien trazados y construidos. Así que esta segunda experiencia con la literatura rumana no ha sido del todo satisfactoria. Veremos si en un futuro hay más.


Ana Blandiana, Las cuatro estaciones.

Editorial Periférica, 2011

224 páginas

9.03.2011

El castillo de arena

Francamente, me fascinan las novelas de Iris Murdoch. Hace tiempo leí La campana, más tarde El príncipe negro y El mar, el mar, y ahora he terminado El castillo de arena. Todas ellas me han producido la misma sensación de absoluta admiración por esta mujer, de la que apenas sé nada porque tampoco me he molestado en averiguarlo. Me bastan sus novelas y, por suerte, escribió muchísimas.


Mientras leía El castillo de arena intentaba definir qué es lo que me gusta tanto de Iris Murdoch. Ciertamente, sus novelas no presentan personajes maravillosos ni argumentos originales o extraordinarios. Su estilo tampoco es especialmente llamativo y, de hecho, comprendo muy bien que sus libros estén hoy día pasados de moda. O al menos ésa es la impresión que tengo, porque nunca encuentro reediciones de sus libros ni críticas o comentarios en español. En cambio, siempre hay cuatro novelas suyas en las librerías que cuentan con una sección de novelas en lenguas extranjeras. Eso me reconforta.


Como decía, he estado intentando definir por qué me gusta tanto leer a iris Murdoch. Creo, para empezar, que sus novelas deberían ser cuidadosamente estudiadas por todo aquel que quisiera dedicarse a la escritura, ya que constituyen, en mi opinión, ejemplos perfectos de cómo debe ser relatada una historia. Murdoch nos enseña cómo se construye una trama, cómo se van distribuyendo los motivos, cuándo exactamente debe suministrarse al lector esta o aquella información, cuál es el mejor punto de vista de cada escena, cómo se pueden introducir elementos sobrenaturales o simbólicos sin hacer cojear la lógica de la historia. Su precisión es, en suma, impresionante.


En el caso de El castillo de arena, la autora nos acerca al mabiente universitario británico para narrar la atracción que siente un profesor de mediana edad, Bill Mor, por una joven artista, Rain Carter. El argumento no es, pues, nada original. Tampoco los personajes, ya que él resulta descaradamente mediocre y cobarde, y ella es demasiado cursi como para caernos bien. Pero nada de eso importa. La lectura de las reflexiones morales y las peripecias más o menos desgraciadas de los protagonistas, así como el acertado elenco de personajes secundarios que los rodean (la familia de él, el resto de los profesores universitarios, los alumnos) resulta, definitivamente, una grata experiencia. Todo cuadra, y nada podría ser de otra manera. Y cada motivo que aparece en la novela está justificado con las palabras exactas en el momento preciso. Un engranaje perfecto y brillante. Qué buena es Iris Murdoch. Y cuántas novelas suyas me quedan aún por leer.

Iris Murdoh, The Sandcastle
Editorial Vintage, 2003.
318 páginas.

8.17.2011

El Ruletista

Apenas conozco la literatura rumana más allá de Ionesco, pero gracias a una recomendación me acerqué a este relato de Mircea Cartarescu. Su breve lectura, como en todos los buenos cuentos cortos, es una carrera de infarto, una espiral que gira sin dar respiro, una agonía que termina, cómo no podía ser de otra manera en este caso, en muerte. La historia está perfectamente construida para golpear al lector en el instante y el lugar precisos.


El título El Ruletista corresponde, como bien señala Marian Ochoa de Eribe, a un neologismo necesario que va más allá del mero jugador de ruleta. El Ruletista es alguien único, marcado por una suerte atroz que lo obliga una y otra vez a desafiar las leyes de la probabilidad. Su carrera desesperada hacia la muerte está construida mediante un magistral dominio del ritmo, que pone a prueba la resistencia del lector. Éste es el eje estructural del relato, que se sustenta asimismo en el tono desesperado y delirante que adopta el narrador, testigo privilegiado de las vicisitudes del Ruletista. Aparece así una tensión que contrapone a ambas figuras en un escenario desolador, bien caracterizado a base de detalles sórdidos. Éstos, a su vez, empiezan perteneciendo a lo que se denomina comúnmente "bajos fondos" para acabar reflejando la lujosa inutilidad de las élites adineradas. Otra contraposición en escalada vertiginosa.


El relato constituye, definitivamente, un ejemplo de escritura magistral, de cómo la técnica literaria va de la forma al fondo y convierte una historia en un perfecto entramado que provoca en nosotros, pobres lectores, un torrente de efectos cuidadosamente calculados. Y en esa terrible red se entrecruzan reflexiones sobre el azar, la muerte, la codicia o la necesidad de perdurar a través de la ficción (es decir, la literatura como apuesta extrema) que reflejan la riqueza de El Ruletista, esta breve sorpresa tan digna de recomendación.

El Ruletista
Mircea Cartarescu
Editorial Impedimenta, 2010, 62 páginas.

8.05.2011

El escándalo Wapshot

Como muchas otras veces, compré esta novela sin conocer a su autor, simplemente atraída por la edición de Vintage, como siempre, muy cuidada. Entré con ganas en la historia de los Wapshot, una familia adinerada cuyos miembros arrastran la fama de creerse mejores que los demás. Ésta es, básicamente, la premisa inicial a partir de la cual John Cheever nos presenta a los personajes principales: los hermanos Coverly y Moses Wapshot; sus respectivas mujeres, Betsey y Melissa, y la vieja y chalada tía Honora. No se trata, pues, de una saga al uso con un gran árbol genealógico, antes bien, Cheever utiliza los pequeños núcleos familiares de cada Wapshot para entrecruzar varias historias que no tienen, por lo demás, nada en común. Eso es, quizá, lo que más me ha decepcionado al leer esta novela.
Por un lado tenemos al bueno de Coverly y su manía de negar la realidad (de su hogar, su trabajo, sus vecinos...) hasta que ésta le estalla en las manos; por otro lado vemos a Moses, que se empequeñece frente a Melissa para acabar enloqueciendo cuando descubre que ella tiene un amante. Finalmente, tenemos a Honora, que nunca en su larga vida ha pagado impuestos y debe asumir de alguna manera las deudas que el fisco le reclama. ¿Cuál es el escándalo al que alude el título? Supongo que a todos ellos. Ninguno es objetivamente más grave que otro, ni más interesante. Las tramas se complican de un modo superficial, sin profundizar en las razones que llevan a los personajes a tomar las decisiones tan arriesgadas que nos presentan. Incluso aparece alguna que otra carambola de mal gusto, o encuentro fortuito, para acabar en un final que pretende dotar al escándalo, o a los pequeños escándalos, de un cariz filosófico que no viene a cuento. Como si, ya que hemos llegado hasta ahí y conocemos los escabrosos detalles de la vida de los Wapshot, Cheever nos regale unas cuantas ideas a desarrollar por nosotros, lectores. Para que tengamos la impresión de que hemos aprovechado la lectura, supongo. Lamentablemente y a pesar de este guiño final, que llega demasiado tarde, yo sigo convencida de que leer El escándalo Wapshot no aporta nada relevante al lector, a pesar de la bella edición de Vintage.

The Wapshot scandal
John Cheever
Vintage Classics, 1992, 307 páginas.

7.21.2011

Deseo de ser punk

Esta es la segunda novela que leo de Belén Gopegui. La primera, que descubrí por encargo y ya comenté hace tiempo en este blog con más pena que gloria, fue El lado oscuro de la almohada. Puedo resumir la impresión que me ha causado Deseo de ser punk con una frase que me acudía continuamente a la mente mientras leía la novela: "Bah, no me creo nada". Me explicaré.


La historia, que está estructurada en torno al discurso adolescente de Martina, narradora y protagonista de la novela, no resulta creíble porque el eje falla. Y es que Martina no tiene voz propia; es decir, su diario-cuaderno, a través del cual expresa sus emociones, vivencias y pensamientos de todo tipo, no tiene coherencia ni fuerza: a veces resulta demasiado cursi, otras demasiado seco y vulgar. Los diálogos que se reproducen con la intención de evocar escenas concretas del relato tienen un tono o bien pretencioso-poético (nefasta combinación), o bien extremadamente familiar, y este choque resulta muy forzado para la verosimilitud que el lector está dispuesto a conceder a un texto que pretende ser realista. Además, hay incoherencias feas, como el hecho de que el destinatario del relato, que se presenta como una incógnita hasta prácticamente el final, aparece en tercera persona a mitad del libro (muy mal truco). También hay detalles inconcebibles, como que una chica de dieciséis años tenga su hora de llegada a casa a las 10,30 h (no se trata de Martina, sino de alguna amiga suya. A ella, como tiene unos padres progres, no le ponen hora para llegar a casa).


Asimismo, resulta inverosímil el núcleo de la trama, la acción por la que Martina se mueve y por la cual demuestra su rebeldía adolescente para luego escribir sobre ella. Este motivo, que podemos llamar "buena acción", en lína con lo que -sospecho- constituye el eje las novelas de Belén Gopegui, me parece muy pobre. Muy, muy pobre. Se trata de unos locales de juventud tipo centro cívico de barrio pero muchos más guays, o eso he creído entender...y por ellos Martina se mueve y pone toda la carne en el asador.


En fin, he leído la novela sin disfrutar, molesta por las salidas de tono, las cursilerías y las incoherencias, y no creo que vuelva a acercarme nunca más a esta autora que tanto ha escrito y que parece haberse forjado tan buena reputación.


Belén Gopegui, Deseo de ser punk

Editorial Anagrama, 2009.

188 páginas.

7.08.2011

Sobre la felicidad a ultranza

Después de varios años sumida en la oscuridad, regreso, o eso pretendo, con este título tan luminoso como prometedor. Compré la edición de Periférica simplemente porque me llamó la atención y sentí curiosidad por la editorial en general y por la novela en particular. También por leer a un italiano; no se ven muchos por las mesas de novedades españolas. Aunque pueda parecerlo, este libro no es un manual de autoayuda; de hecho, después de leerlo aún no sé si es una historia triste o alegre. Supongo que provoca una mezcla tan perfecta de alegría y tristeza que el lector, desconcertado, no sabe con cuál quedarse. Porque el sentimiento que lo domina todo es la nostalgia, y ésta, como el fado, contiene la ambigüedad justa para que cada uno sea responsable de sentirse alegre o triste según le convenga. El recuerdo de un tiempo pasado; la añoranza de los momentos que dejamos atrás, de las personas que quisimos y ya no tenemos junto a nosotros, ¿provoca tristeza o felicidad? La conclusión, después de leer a Ugo Cornia, es que depende de cómo se lo tome uno. Porque el protegonista y narrador del libro realiza un monólogo en el que evoca a sus padres, a su tía e incluso a su abuelo, ya muertos. También recuerda a alguna chica de la que se enamoró, y sostiene a través del hilo de la memoria la teoría de que, precisamente porque fue muy dichoso en el pasado junto a ellos, debe sentirse feliz al recordarlos. La soledad, así, es mucho mejor en compañía de los muertos, y éstos, cuando se van, nos dejan toda su fuerza para que sigamos viviendo por ellos. De esta forma mueren un poquito menos. Creo que eso es lo que este libro transmite como idea de felicidad, lo cual resulta, en todo caso, esperanzador, a pesar del tono doloroso y profundísimo con el que el protagonista narra algunas vivencias y desmenuza a sus muertos.


De todos modos, es un libro poco recomendable para nostálgicos que hayan perdido a sus padres y seres queridos en general y los recuerden a menudo con cariño. Creo que si estuviera en la situación del narrador, no sería capaz de mirar al pasado de la forma en que lo hace él.


Sobre la felicidad a ultranza

Ugo Cornia

Editorial Periférica, 2011, 176 páginas.

1.23.2008

El lector

Descubrir esta novela de Bernard Schlink ha sido una sorpresa. En realidad, empecé a leerla con buena disposición pero ninguna expectativa de lo que podía encontrar (el título me despistaba), y quizá por ello ha sido más fácil entrar en la historia desde la primera página y permanecer aún, días después de haberla acabado, sumergida en ella. No resulta sencillo desprenderse de la voz del protagonista y de las sensaciones, reflexiones y recuerdos que se van desgranando a lo largo de la historia. Michael Berg se remonta a sus quince años y nos narra cómo, a raíz de una enfermedad, conoció a una mujer mayor con la que mantuvo una relación amorosa basada en el sexo y la lectura. Durante meses se vieron a diario, hasta que todo terminó con la súbita desaparición de Hanna. Los acontecimientos transcurridos en los años siguientes nos van ayudando a comprender por qué Michael escribe la historia, por qué Hanna despareció sin avisar y por qué el sexo y la lectura.

La perspectiva desde la que se sitúa el narrador-protagonista y la voz sincera que adopta para avanzar con paso firme desde el principio llenan la historia. No hace falta nada más, sólo su voz. Esa mezcla de desapego, culpabilidad y rabia, amor y rencor volubles con que inevitablemente se recuerdan las relaciones pasadas, quiero decir aquellas realmente importantes, es lo mejor de esta novela. Quizá, así dicho, no parezca algo demasiado atractivo ni original, pero Schlink tampoco aspira a ello, y se nota. Sabe lo que quiere contar y cómo; a eso se ciñe, y nosotros se lo agradecemos.

Las evocaciones de Michael Berg son maravillosas. Me gusta especialmente el modo en que habla de sí mismo, sin intentar justificarse, sin vanagloria ni falsa modestia, con la intención de hacer llegar su voz al lector y ser comprendido por él. Explicar, por ejemplo, por qué a lo largo de su vida muchas veces ha hecho cosas que era incapaz de decidirse a hacer, y en cambio ha dejado de hacer otras que había decidido firmemente. En medio de esta reflexión empieza su relación con Hanna. Berg admite lo difícil que le resulta analizar sus recuerdos y explicarlos objetivamente. Si algo que vivimos fue hermoso, ¿por qué, cuando miramos atrás, se nos vuelve quebradizo si sabemos que ocultaba verdades amargas? Es algo que me he preguntado muchas veces. Resulta tan fácil contaminar los recuerdos por lo que sentimos después, por lo que pasó más tarde. Quizá se trata simplemente de una manera de sobrevivir mejor al dolor que producen. Quizá también es un acuerdo tácito con nosotros mismos para poder arrinconarlos mejor, para conseguir que se vuelvan un poco borrosos, aunque sepamos que nunca podremos desterrarlos. Aquello que somos, al fin y al cabo, depende de ellos.

La noción de culpa desempeña un papel central y estructural en esta novela, en todas sus vertientes. El análisis de los matices de este sentimiento tan complejo es fascinante. La culpa frente a la persona amada, los amigos, la familia, la sociedad. La culpa frente al otro y sus consecuencias: la humillación, el arrepentimiento, la obcecación del deber cumplido. Schlink va desbrozando poco a poco, con una calma implacable, el decurso y la evolución de la culpa en la historia de Hanna y Michael:

“Nunca más me dejaría humillar ni humillaría a nadie; nunca más haría sentirse culpable a nadie ni cargaría yo con las culpas; nunca más amaría tanto a una persona como para que me hiciera daño perderla”.

Así piensa el adolescente, pero sólo el adulto, muchos años después, es capaz de reconocerlo y escribirlo. El tiempo es, en definitiva, lo que permite contar la historia y comprender, o al menos tratar de aceptar, los acontecimientos dolorosos, la traición y el abandono, el cierre de las heridas. La escritura de la historia desde la añoranza que siente el protagonista, admitiendo todo lo que ésta implica pero sin dejarse cegar por ella, resulta admirable en la novela de Schlink. Creo que es, precisamente, lo que le da ese tono conmovedor que nunca, en ningún momento, se acerca siquiera a la banalidad o el sentimentalismo, ni se permite cargar con la farragosa trascendencia. Tampoco roza el falso distanciamiento o la ironía como arma aligeradora. Es decir, Berg no intenta fanfarronear, ni hacerse el fuerte; la humildad con que acepta sus contradicciones más íntimas resulta casi terrible por su naturalidad.

El tratamiento del trasfondo histórico resulta, a su vez, muy interesante. Schlink pertenece a la primera generación nacida después de la segunda guerra mundial, lo cual significó cargar con la culpa y la vergüenza de un país, de unos padres que, quieran o no, responden frente a sus hijos y frente al mundo de unas atrocidades terrible de las que, durante mucho tiempo, prefirieron no hablar. Oír la voz de esta generación a través de Schlink, plantearse las preguntas que todos ellos se plantearon, muchas de las cuales simplemente no tienen respuesta, es muy importante. Aunque sepamos que nadie va a ser capaz de responder, es bueno plantearlas. Y es necesario porque representa la única manera de convivir con un pasado cuya presencia, aunque no deseemos, siempre sentimos. Esa presencia fue, sin duda, la que llevó a Schlink a escribir El lector, y a nosotros, lectores, también culpables y dubitativos, a re-crear con él esta maravillosa novela.

El lector
Bernhard Schlink
Editorial Anagrama, Barcelona, 2007, 203 páginas.
Traducción de Joan Parra Contreras.