8.26.2005

Wasabi

La primera vez que oí hablar del argentino Alan Pauls fue en un artículo de Roberto Bolaño (recogido por Anagrama en Entre paréntesis, con un prólogo interesante de Ignacio Echevarría). En él, Bolaño hablaba de un señor extraño que escribía monstruos perfectos, uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos que él conocía. Pensé que quizá exagerara, como solía hacer cuando se trataba de valorar obras ajenas, pero de todos modos valía la pena probarlo. Ese mismo día, en la minúscula y escasa librería del Palacio de la Magdalena de Santander, encontré un libro de Alan Pauls, una novela corta titulada Wasabi. Decidí que, ya que el libro había tenido el mérito de llegar hasta allí, tenía que llevármelo.

En la novela, el protagonista, un joven escritor argentino (me pareció un mal comienzo por lo aburrida que puede resultar la excesiva afición de los autores a crear alter egos que funcionen como narrador, supongo que por comodidad. Más tarde se me olvidó) llega a Francia con su mujer y comienzan a sucederle cosas extrañas. O incómodas. O absurdas. Quizá las tres cosas. Para empezar, su editor aparece y desaparece y lo ignora con total desfachatez para después saludarlo educadamente. Me pareció un personaje muy logrado por la mezcla exacta de cinismo e interés. Por otra parte, la mujer del escritor se cansa y se va, dejándolo solo con una extraña protuberancia que le ha salido en la nuca y que lo ha hecho merecer el cariñoso apelativo “mi percherito”. Es también un gran personaje, de tan fría resulta divertida. La novela es desde el principio un relato de pesadilla que acaba llegando al clímax justo, y que deja al lector con la sensación de haber experimentado algo muy asqueroso. Ahí está el acierto. Es decir, Pauls consigue lo que se propone con maestría impecable. La creación del ambiente en que se mueven los personajes, un laberinto de neblina pegajosa, miedo, intemperie y, como ya he dicho antes, mucho asco, es la estructura central del libro y lo que le proporciona su gran valor narrativo, su condición de pesadilla perfecta. O monstruo, como decía Bolaño.

8.22.2005

Los seres felices

La novela narra en un fin de semana la vida de un matrimonio joven, en que él es el narrador, y donde la familia va apareciendo ya mediante recuerdos y saltos temporales, ya mediante encuentros físicos en el momento de la narración. Así llegamos a conocer el pasado del hombre, y las razones por las que, ya adulto, es incapaz de asumir las riendas de su vida, tomar decisiones y dejar de depender tanto de su mujer.
La lectura de esta novela me ha resultado extremadamente pesada, y voy a intentar explicar por qué. Creo que Giralt Torrente –nieto preferido de Gonzalo Torrente Ballester, qué curioso- nos da demasiados elementos a los lectores, demasiadas facilidades, todo masticado, repetido una y mil veces en forma de interrogación retórica, ejemplos y situaciones paralelas. Son interesantes las preguntas y las reflexiones que plantea el protagonista-narrador, pero...¿es necesaria tanta insistencia? ¿son necesarios tantos ejemplos? A mí me sobra la mayor parte, porque así se entorpece el ritmo de progresión narrativa, y al final lo único que deseamos es que el narrador espabile un poco y se deje de tanta monserga. Dicen los críticos que esta prosa llena de digresiones recuerda a la de Javier Marías. Para mí, es un mal reflejo de ésta, al menos de la que escribía Marías hace diez o quince años –la única que conozco bien. Es verdad que Giralt Torrente muestra una sensibilidad especial para describir matices emocionales, y está bien que lo utilice constantemente como base estructural y elemento narrativo, pero desde luego yo, como lectora, he echado mucho de menos la complicidad y la inteligencia que todo autor debe presuponer a sus lectores, para establecer así un mínimo diálogo, una mínima interacción.

7.28.2005

El lado frío de la almohada

Este es mi primer acercamiento a la literatura de Belén Gopegui, y me ha sorprendido. No la esperaba así, quizá porque tenía en mente aquella insulsa película, Las razones de mis amigos, basada en la novela La conquista del aire (1998), de la propia autora, en cuyo guión colaboró.
Mi principal problema al leer El otro lado de la almohada ha sido que, como me ocurre otras muchas veces con los libros de espías y contraespías, tengo la sensación de que no alcanzo a asimilar completamente los entresijos y la vertiginosa sucesión de tejemanejes que ofrece la trama, por lo que acabo creyendo que me he perdido una parte importante del argumento y que no puedo, por tanto, disfrutar y apreciar la novela en toda su complejidad. Con El otro lado de la almohada he tenido un poco esta inquietante sensación de que todo el mundo corría más que yo, aunque el final, claro y bien planteado, me hace pensar que sí he captado bien los matices. Porque no es una novela fácil. No hay concesiones al lector, ni perífrasis ni descansos. Hay, en cambio, mucha terminología política sin azucarar, y eso me gustó. Porque así la lectura que exige la novela es mucho más detenida, más elaborada. También me gustó la relación que se establece entre los dos protagonistas; Laura Bahía y Philip Hull. Gopegui consigue, corriendo cortinas continuamente, que el lector imagine el deseo, siempre sugerido, nunca mostrado. Y de ahí, el amor, pero antes de que este alcance a tomar cuerpo, nos precipitamos en el final de la historia.
No me han gustado las cartas de Laura insertadas en la novela, pero no ensambladas en ella. Están ahí como forzadas, pendientes, se oyen falsas. Algunas son muy bellas, pero no casan bien con el personaje que nos presenta un narrador omnisciente parco y riguroso.
Las críticas que he leído coinciden en elogiar la valentía con la que Gopegui aborda en este libro el sentido y la vigencia de la Revolución cubana. Cuando todo son hoy día voces que denigran la situación política de este país y reclaman el final del castrismo, es interesante leer cómo la autora reivindica el derecho de aprovechar y reconocer las cosas buenas del régimen –que las hay-, y no caer en el prejuicio occidental de que toda democracia capitalista es, por definición, el mejor régimen político que puede tener un país. Por eso a mí también me ha parecido una novela valiente, y brillante dentro de su amarga melancolía.

7.23.2005

El vano ayer

próximamente a través de www.palabrablanca.com

Empiezo el cuaderno hablando de un gran libro, El vano ayer, de Isaac Rosa. Hacía mucho tiempo que no me encontraba con una buena novela del tipo polifónico, de las que a mí tanto me gustan. Muchas voces que se entrecruzan, textos que hablan, se preguntan y se responden, recortes, elipsis, superposiciones, espejos falsos y deformaciones por todas partes, para que el lector se encargue de construir y re-crear la historia. Y así, la novela sobre la represión franquista se convierte en mucho más.
Bien cargada de ironía (que deriva en ocasiones hacia el humor negro, para huir de la melancolía que implica tratar ciertos temas, como la tortura), la novela provoca unas veces risas y otras la impotencia y la vergüenza ante un pasado que aún no ha sido superado (¿lo será alguna vez?). Por eso es bueno leer libros como El vano ayer, que aparte de permitir el ejercicio de lector activo, reactivan un poco la capacidad crítica. Sobre todo, para no acabar cediendo a la manipulación de unos años y unos hechos que tantos se empeñan en llevar a cabo. También para no confundir, por ejemplo, la edulcoración nostálgica del Cuéntame con la realidad de lo que sucedió en los cuarenta años de régimen franquista.
La polifonía de Isaac Rosa sirve para cargarse (o al menos desestabilizar) los esquemas preconcebidos y los tópicos que muchas veces llevamos dentro sin darnos cuenta: los echa abajo sin contemplaciones para que volvamos a construir una mirada enfocada desde muchos ángulos y puntos de vista al mismo tiempo. Falta, de todos modos, alguna voz de un policía al que no le guste torturar. Porque no todos lo hacían, y no a todos les gustaba. Y en el libro, los policías que se dejan oír parecen estar convencidos de que torturar es necesario e incluso beneficioso para la higiene de la sociedad. El único personaje que parece que se hizo policía sólo porque era el único modo de salir de la miseria de su pueblo, y no porque le gustara el trabajo de encarcelar y dar su merecido a los subversivos, ése acaba herido (de manos, precisamente, de un subversivo). No me parece nada ecuánime.
Aparte de este matiz, el resto de voces que oímos son variadas e interesantes: estudiantes, profesores, anarquistas, franquistas y antifranquistas, todas ellas firmes, bien moduladas.
Hay que mencionar la mejor escena del libro: cuando el protagonista y pretexto, Julio Denis (inquietante homónimo del Cortázar de Presencia) sale de un bar borracho y empieza a divagar por Madrid como si fuera el exótico paraíso de Chin-Chin y acaba en un bar de mala muerte en manos de una maternal prostituta. En momentos como éste es donde se aprecia la calidad literaria de un escritor, y éste tiene mucha. En fin, leer a Isaac Rosa ha sido todo un descubrimiento, un placer inesperado.